N o es fácil imaginar donde Boca puede llegar a perder este campeonato. No son sólo los nueve puntos que ya le sacó al primero que viene atrás, sino que pasó por la prueba que todos esperaban para constatar la dureza espiritual que podía tener el equipo de Guillermo frente al superclásico y jugando de visitante. Es es que en este torneo donde hay unos cuantos equipos que son más para jugar en otra división (menor), es mejor no enamorarse de rachas construidas ante rivales débiles. Y Boca debía responder a eso.
River es River y si alguien imaginó que iba a salir a la cancha con la herida sangrante que le había producido Lanús, eso no sucedió. El equipo de Gallardo tiene problemas futbolísticos, varios jugadores que no están jugando como se espera de ellos, pero anímicamente está intacto y eso lo mostró ayer.
Por eso para Boca era una prueba el Superclásico, un examen revelador que lo superó para avisar que no sólo es capaz de ganarle a equipos ordinarios. Una victoria que además de la satisfacción que significa para Boca es un mensaje demoledor para todos los que vienen atrás con alguna esperanza.
Boca ganó porque jugó el partido que quiso jugar y tuvo personalidad para imponer esa idea, por más que enfrente estuviera River. Esto no quiere decir que River no tuvo carácter, en si fue lo único que tuvo, porque le faltó fútbol, ideas, peso adelante, dudas atrás y tuvo también un arquero que definitivamente es incapaz de salvar a su equipo. Otra razón de peso fue que esta vez Boca no necesitó a sus peligrosos delanteros para ganar, y los goles llegaron de los volantes y de la solidez defensiva que arranca con la dupla central que conforman Goltz y Magallán.
River dominó con coraje y fuerza después de los 15 minutos y el golazo de Cardona. Le ganó la mitad de la cancha a Boca y con un Pity Martínez jugando a la espalda de Fabra, el local dispuso de sus mejores minutos. También dominó cuando Boca se quedó sin Cardona por la insólita tarjeta roja que le mostró Pitana (mal partido), ahí encontró Ponzio el golazo que puso las cosas iguales y hasta parecía que podía aplicarle el golpe de nocaut a un Boca por ese momento apostó su capital ofensivo al contraataque, y como contrapartida decidió plantarse peligrosamente cerca de Rossi.
Pero una virtud que tiene Boca y no River, es su facilidad para hacer goles. Sólo cuatro minutos después del golazo de Ponzio, Pablo Pérez, -cada vez más inteligente para jugar-, le puso una pelota impresionante a Nández para que definiera el clásico. El uruguayo, recién llegado a Boca, jugó un partido impresionante. No es dúctil ni tiene gran sensibilidad con la pelota, pero jugó un superclásico para meterse en el corazón del hincha. Es difícil determinar un sector de la cancha por donde no haya estado Nández.
Después River sólo tuvo coraje para ir a buscar el empate, y tal vez contra otro equipo lo hubiese logrado. Pero son días de crisis futbolística en River, que definitivamente tendrá que resetearse para ir por el objetivo de la Copa Argentina, un premio menor de acuerdo a sus intenciones.
Boca con ocho fechas jugadas camina al título, y en el medio se regaló la gran satisfacción de festejar el Superclásico en el Monumental.