Si alguien se pregunta cuál fue hasta ahora la pelea del año como propuesta, en el boxeo argentino, no podrá contestarse.
No hubo ninguna pelea local que inspirará atracción previa, que cumpliera ese rol, ni la habrá en el corto o mediano plazo, salvo fantasear con algunas de las que jamás se harán, como cruzar a los welters y superwelters del momento como los Castaño, los Diego Chaves, los Barrionuevo, los TNT Maidana, los Juan José Velasco.
Sin embargo este sábado en la FAB hay una que es sin dudas la mejor en lo que va del 2017, y probablemente pasen varios meses en hacerse otra que compita con ella.
Parece una revancha, pero no lo es. Es ya un clásico moderno, porque es la tercera pelea –el bueno- de una saga en la cual se ganaron mutuamente.
Y no de casualidad se trata de un combate entre dos mujeres. Es boxeo femenino.
La porteña Ana Laura Esteche expondrá en el estadio de la FAB sus títulos mundiales superligero de la AMB, OMB y FIB ante la también porteña Celeste Peralta, a la que destronó el año pasado en un peleón, que no fue la pelea del año porque hubo otra (Eduardo Sarmiento vs Silvio Arano) en la que se tiraron 7 veces.
Tampoco es casualidad que el premio Firpo de Oro al mejor púgil de 2016 se lo haya llevado otra mujer (la Tigresa Acuña) en la reciente premiación de UPERBOX. ¿Subió el nivel del boxeo femenino, o decreció el masculino? ¿O ambas cosas?
Lo cierto es que Celeste ganó la primera versión de este duelo en 2015, en otra pelea apoteósica de principio a fin, cuando tenía apenas 6 salidas rentadas. Y al año y monedas, con una sola pelea más, le dio la revancha, que perdió como pudo haberla ganado, porque el fallo fue unánime, honesto, pero discutible, porque la lucha fue pareja y muy apreciativa.
Lo destacable es que sin reparos de ningún tipo hoy vuelven a enfrentarse, gane quien gane, arriesgando otra vez todo. Como debe ser. Como manda la regla esencial de cualquier deporte –mucho más uno de combate- de buscar al mejor, al campeón, y de revalidar laureles constantemente dando revanchas, o aceptando el reto de los inmediatos perseguidores, no de los de abajo.
Así se hacen los campeones, y así se hacen los ídolos. Y así nacen los clásicos y se fomenta la actividad, que crece en prestigio y credibilidad, como lo ha hecho el boxeo argentino en su rica historia con similares duelos que quedaron grabados en ella por siempre.
Lamentablemente hoy el boxeo femenino es el único que puede ofrecer estas variantes. Primero, por escasez interna en el masculino. Segundo, por intereses creados, donde las principales figuras tal vez pertenecen a un mismo promotor, que no las enfrenta porque prefiere conservarlas y protegerlas (eso creen) de posibles derrotas. Y de no ser así, de pertenecer a distintos promotores, al estar enemistados entre ellos y privilegiar su negocio por sobre todo, menos que menos las enfrentan con las de otro, y ni hablar si encima no serán ellos los organizadores y/o promotores del evento, en vez de pensar en asociarse.
Esto es lo que se tiene que terminar de una vez por todas en el boxeo argentino, si quiere volver a las fuentes. Este formato enfermo y nefasto, caduco y viciado, que sólo reduce la actividad en vez de protegerla y aburguesa a sus figuras en vez de hacerlas crecer.
Y esto es lo que intentará proponer en breve la TV, sostén principal del negocio, para que en el futuro cercano haya un compromiso de veladas especiales donde puedan enfrentarse dos figuras, elevando el caché de las mismas, haciendo neutra de algún modo la promoción.
Es lo único que puede rescatar al boxeo casero del raquitismo interno que se expande silencioso, tanto que su peso inerte ya se confunde con la ingravidez.