No fue una pelea más. Y no porque la Tigresa Acuña haya conseguido el record de ser el boxeador argentino más longevo de todos los tiempos, sin distinción de sexos, en conquistar un título mundial (el supergallo FIB que había perdido hace 4 meses ante la Bonita Bermúdez y luego ésta dejó vacante), sino porque en ella se produjo la reconciliación –al menos por ahora- de los dos máximos y más antiguos promotores del país, como Osvaldo Rivero y Mario Arano.
Fue el viernes pasado en Catamarca, donde La Tigresa venció por puntos en 10 vueltas a Laura Griffa.
Lo que no pudieron grandes campeones y figuras masculinas, lo pudo la Tigresa a los 41 años, quizás favorecida por el contexto de necesidad y escasez que impera en el boxeo casero, quizás por comprensión mutua de conveniencias empresariales.
O porque la formoseña quedó enojada por el fallo de su pleito anterior contra Bermúdez, y se quejó de no haberse sentido protegida por su mánager (Rivero), quien habrá querido demostrarle lo contrario y devolverle la confianza.
Lo cierto es que ella era la 2ª en la FIB y Griffa la 3ª –el Nº 1 estaba desierto-. Debían enfrentarse, pero ambas pertenecían a distintos promotores, por lo que OR dejó sus pruritos de lado y llamó a Arano.
“Qué hacés p…”. “Vos sos el p…”, devolvió con sentido del humor el mánager de Lucas Matthysse. Y así comenzó el diálogo telefónico que costó poco cerrar, como dos que saben jugar de memoria. Y sellaron su pacto con un beso sobre el ring del Fray Mamerto Esquiú antes del combate que la Tigresa ganó holgadamente, aunque los jueces le dieron 2 ó 3 rounds perdidos que no encajaron con la realidad.
¿Beneficios? Puede que algunos no sean del todo conscientes del significado simbólico de esta reconciliación para el boxeo argentino, donde:
a) desde hace una larga década no se enfrentaban los mejores porque “éste” era de uno y “el otro” de aquel.
b) el menú para armar peleas y elegir rivales de figuras estaba acotado por la escudería del vecino y viceversa, y había que conformarse con lo que quedaba suelto, traer “muertos” de afuera, o quemar naves propias que no estaban para salir a la cancha.
c) no había presupuesto, pero tampoco voluntad para hacer grandes peleas -ahora ya casi no hay valores, pero podrían volver a haberlos-, y por más que TyC Sports –pantalla deportiva del país- tuviera la decisión económica de facilitarlo, faltaba la diplomática que acercara a las partes, y nadie se sentía capacitado, ni tenía los recursos para hacerlo.
Así se llegó lentamente al estado actual.
Tal vez esto prospere, tal vez no, pero ya no será la enemistad la traba, sino las conveniencias personales y ocasionales.
De lo que hay que tener cuidado a partir de ahora es de:
a) no caer otra vez en la tentación del monopolio.
b) que manejar buena parte del boxeo argentino no implique querer adueñarse de él, ni mucho menos de los fallos o decisiones reglamentarias, como la historia y la realidad indica.
c) escapar al peligro de la omnipotencia y la soberbia.
d) limpieza y transparencia son los mejores caminos para que los triunfos y conquistas sean sólidos.
e) no siempre hay que ganar. No es negocio eso, aunque lo parezca.
f) no siempre hay que llegar invictos, porque lo óptimo es enemigo de lo bueno.
g) sembrar es la primera acción necesaria para recoger, y eso implica paciencia y también pérdidas.
Ese cambio de mentalidad será el que más costará instalar, o al revés, costará mucho desinstalar el comportamiento anterior, si queremos elevar al boxeo argentino y recuperar su gloria perdida.
Sin ir más lejos, el viernes en Catamarca le dieron una pelea a Ignacio Perrín contra el salteño Gustavo Pereyra, donde pese a ser pareja, fue dominado, con el agravante de que cayó en el 6º -y último round- y le descontaron 1 punto. En 6 vueltas, con 3 puntos menos en una, imposible ganarla con los guarismos que dieron, aún ganando los asaltos restantes. Perrín es boxeador de Rivero, organizador del evento.
El sábado en Córdoba pasó algo parecido con Matías Romero, local, a quien habiendo caído y estando sentido más de una vez, también le dieron vencedor de Javier Herrera por 4 y 5 puntos, cuando había perdido, o a lo sumo emparejado el trámite. Romero, además de local, era el boxeador del promotor (Sampson Lewkowicz). ¿Casualidad?
Basta con esto. Basta de impunidad y manipuleo de resultados a través de jueces que actúan con ineptitud o servilismo, que sólo sirve para el autoengaño.
Entender que una cosa es una derrota recuperable en el inicio de una carrera, una mala noche en la etapa de formación, y otra tapar una realidad para salir al toro estando verde, a suerte y verdad, a inmolarse o sobrevivir.
Está pasando con la última buena camada, y con la intermedia. Algunas por obligación, otras por necesidad. Y muchas por imprudencia, quizás indolencia.
Matías Rueda, es un caso, aunque su destino iba a ser ése tarde o temprano. Pero Luis Cusolito quizás no. Juan José Velasco tampoco, y lo sacrificaron ante Regis Prograis, poniéndole para colmo a un desalmado DT que lo atendió en su rincón –el colombiano Germán Caicedo-, quien pese a verlo vapuleado lo obligaba a seguir, incluso después de la cuenta de 10 del árbitro.
Hablamos de promesas que perdieron estrepitosamente en los últimos tiempos.
Pero también Alberto Palmetta y Alberto Melián parecieron ir demasiado rápido o estar mal llevados, al punto que ambos se desvincularon de su manejador –Sampson Lewkowicz- pese a ser el que más paga por round aquí, aunque menos de lo que ganaban como amateurs, y se fueron a USA y Eslovenia respectivamente a seguir sus carreras.
No podemos darnos el lujo de dejar escapar la materia prima, ni de cosecharlos verdes. Si es necesario el fogueo, nada mejor que hacerlo en casa, escalón por escalón, sin dejar los jirones afuera, para que en el peor de los casos, el mal de uno sea el bien del otro, y no un soldado menos.