El boxeo, además de un deporte es un modo de vida, trabajo, y a veces, negocio. ¿Pero qué prevalece más, y hasta dónde correr los límites para que no sea peor el remedio que la enfermedad?

El boxeo (al menos el argentino), cada vez más plantea la disyuntiva de si es un deporte, o un trabajo. Es más; si es un deporte, o un negocio. O si es ambas cosas, tan incompatibles entre sí, por lo que obliga a discernir cuál de las condiciones prevalece.

Podría decirse que para algunos una y para otros, otra. Si lo bajamos a tierra, yendo a la máxima escala con nombre y apellido, diríamos que no es lo mismo un Omar Narvaes que un Maravilla Martínez, o un Chino Maidana. Cada cual siguió su camino según sus ideales personales.

Pero más allá de estas referencias, hay una visión que se impone, o debería haberla. Un criterio. Un concepto que guíe las conductas generales y básicas cuando estos caminos se chocan en el llano, como viene sucediendo últimamente en una sociedad como la nuestra, inflacionaria, improductiva, desocupada, o con mano de obra barata.

Quizás por allí haya que buscar las causas del fallecimiento de Hugo Santillán hace unas semanas. La necesidad le hizo abusar de las ofertas y agarrar lo que viniera, sin mediar tiempos, pesos, estados de salud y físicos.

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La antítesis sucedió este sábado en Huracán, en la pelea por el título argentino mosca entre Juan José Jurado y Junior Zárate –ganó este último en un peleón-, el primero con 1 año y 2 meses de inactividad, el segundo con casi un año.

Entre lo poco que ganan por pelea, y lo espaciado que lo hacen tratándose de dos púgiles de nivel nacional, ¿alguien puede mantenerse a sí mismo y a su familia de ese modo?

¿Es un trabajo, o una changa el boxeo para ellos? Porque entrenar, hay que entrenarse igual, pero sin percibir dinero. ¿Vale la pena trabajar todos los días para cobrar una vez por año una bolsa en pesos que no alcanza ni para los gastos acumulados?

Es allí donde aparece un caso como el que acontecerá este sábado en Rusia. El cordobés Darío Balmaceda, 34 años, 19-17-2, 13 KO, campeón argentino y sudamericano crucero, va a pelear allí contra el invicto local Evgeny Romanov, 34 años y 13-0-0, 9 KO, en categoría pesado.

La FAB, por demás susceptible con lo ocurrido últimamente, le denegó el permiso a Balmaceda, cuya última pelea fue en abril. Una, por el peso en el que lo hará, otra, por hacerlo ante un noqueador que tiene un buen pasado amateur (siempre como pesado), pero fundamentalmente , porque de las 17 derrotas, el cordobés tiene 10 antes del límite, y en 2018 tiene un KOT 1 en contra ante el italiano Fabio Turchi, en su última excursión fuera del país. (NdeR: siempre que salió perdió por KOT. Es las dos restantes por KOT 2 y KOT 3).

Ante la negativa de la FAB, Balmaceda lo resolvió rápido: tramitó una licencia “trucha” a través de la ABA (Asociación de Boxeo Argentino), conducida por Gustavo Falliga –todavía boxeador, también mánager y promotor- quien se la otorgó sin mayores miramientos, y que en el resto del mundo parece ser válida. No solamente aquí por interés baila el mono, aunque cuando las papas queman todos la van de puritanos.

Posiblemente Balmaceda no se inmole por la causa, y en el 1º, 2º, o 3º round, es decir, o cuando sienta la primera mano, se desplome y se traiga los dólares en el bolsillo, que tanta falta le hacen. ¿Está mal? Depende desde dónde se lo analice, y el concepto que cada cual le dé al boxeo, si deporte, negocio, o trabajo.

Ahora bien, ¿y si ocurre un accidente? ¿Quién se hace cargo, máxime estando fuera del país?

¿Se lo castigará a Balmaceda por este desliz?

Más de una vez a dirigentes y promotores se les escuchó decir que “esto es un negocio”, pero la frase sólo aplica cuando conviene.

De todos modos, guste o no, lo justo y lógico sería que para todos tenga el mismo alcance y usufructo, aunque no sea el mejor.

En breve (octubre, parece ser), el bonaerense Rubén “Siru” Acosta tendrá un compromiso en Dinamarca, por lo cual también tramitó el permiso en la FAB, y confesó que de no obtenerlo en dos minutos lo conseguiría por la ABA.

Acosta tiene 41 años, y viene de tener un accidente al caerse de 3 metros de altura y romperse clavícula y dos costillas, algo que lo tuvo meses parado en recuperación. ¿Estará ya para volver a calzarse los guantes?

Fue haciendo un trabajo de reparación en un techo de un Hogar de Ancianos, seguramente, también agobiado por las circunstancias. El hambre y las necesidades tienen muchas formas de cobrarse vidas o generar peligro, incluso hasta queriéndolo combatir. Lamentablemente, el boxeo es uno más.

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