"Thrilla en Manila", como se conoció al tercer choque entre Muhammad Alí y Joe Frazier, cumple hoy 45 años, sin los protagonistas vivos. Fue el día en que ambos murieron un poco.  

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Quizás haya sido la mejor pelea de todos los tiempos. La más dramática, seguro. Sucedió un 1 de octubre como hoy, hace 45 años, en un convulsionado 1975.

Lo fue por la magnitud de los protagonistas –por sobre todo-, pero también por lo que pasó en el ring, en la definición. Y a la vez por todo lo que la rodeó, en un estadio con más de 40 º C de calor a las 10 de la mañana en Filipinas, con 27.000 personas en el Araneta Coliseum de Quezon City, Manila, donde el dictador Ferdinand Marcos decidió hacer la pelea pagando la bolsa de 4,5 millones de dólares del retador (Joe Frazier) y poner a disposición de Don King (promotor) el estadio gratis. Todo con fines propagandísticos, con el objeto de desviar la atención internacional sobre la situación de marcial que imperaba en ese país, que condujo por 21 años.

Muhammad Alí y Joe Frazier III, fue televisada en directo a 62 países, entre los que se incluyó por primera vez en la historia a la Unión Soviética.

Ambas celebridades llegaban a una tercera pelea entre ellos, donde habían ganado una cada uno: la primera Frazier por puntos, en la que retuvo su corona mundial pesado. La segunda Alí también por puntos, previo a enfrentar a George Foreman por la corona que éste le había arrebatado a a Smokin Joe, derribándolo 5 veces en 2 vueltas.

Pero increíblemente, “El Más Grande” había vencido luego por KOT 8 a quien había vapuleado a su verdugo y archienemigo, al que enfrentaría ese 1º de octubre por “el bueno”.

“Voy a patearle el trasero y vuelvo”, le dijo Alí a su entrenador Angelo Dundee, decidido a acabarlo rápido, confiado en que su nueva aureola de campeón mundial sería un plus mental ante su rival, de quien quería reivindicarse por completo tras la primera derrota de su carrera.

Pero “Smokin Joe” también estaba furioso contra Alí, porque sentir que éste instaló sobre él una imagen tosca llamándolo “Gorila” antes del combate, cosa que jamás le perdonó, porque se sintió denigrado dentro de ese contexto social que reinaba en los Estados Unidos, de sensible problemática racial.

Así empezó la guerra, que duró 14 asaltos de los 15 pactados. Con Alí dominando los primeros asaltos en que Smokin solía empezar lento, pero con su reacción posterior tremenda, que hizo estragos en la resistencia del campeón, que comenzó a agotarse.

Ambos apelaron a sus últimos recursos físicos, desde lo más profundo de sus almas. Ambos recordaron su estadía en el hospital tras la primera pelea, que también fue encarnizada. Alí se sintió en el infierno, peleando contra el Diablo. Frazier se sintió un Diablo disputándole su viejo trono a un Dios. Y así terminó el 14º, nadie supo cómo. Tampoco ellos.

Frazier porque no veía de ningún ojo. Del izquierdo, porque de ése había quedado ciego tras un accidente automovilístico. Del “bueno” (el derecho), porque Alí se lo había cerrado a piñas.

Y el ex Clay porque directamente quiso abandonar pidiéndole a Angelo Dundee que le sacara los guantes. “Esto es lo más parecido a la muerte”, dijo. Pero Dundee esperó. Alí no iba a salir al 15º -eso ya estaba decidido-, porque se sentía muerto. Pero Angelo le pidió que esperara un poco, que le tiraría la toalla al sonar la campana. Era solamente un minuto más.

En la otra esquina, por el contrario, Eddie Futch -el DT y casi un padre para Joe- al saberlo ciego, dispuso abandonar el combate a como dé lugar, pero Joe no quiso. Se lo prohibió. “No te dejaré pelear ciego. Todo terminó, muchacho”, dijo el maestro, a quien le importó más la salud de su pupilo que el resultado. “Nadie olvidará jamás lo que has hecho aquí hoy”, transmitió Futch, y acto siguiente llamó al árbitro Carlos Padilla para comunicarle el abandono.

Alí apenas tuvo fuerzas para acercarse al centro del ring con los brazos en alto y luego desplomarse. “Sacaste le mejor de mí, Joe, lo diré al mundo. Que Dios te bendiga”, comentó luego Alí 6 horas después, en una cena a la que Frazier no acudió. Y no sólo eso: no volvió a saludar jamás a su entrenador. Fue el día en que murieron un poco ambos boxeadores por primera vez en la historia y ni la fantasía del séptimo arte fue capaz de reflejar en sus sagas de Rocky Balboa. Fue cuando ambos se llenaron de gloria y entraron en la eternidad.

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