EDUARDO VERONA
Mundial de España en 1982. Argentina, conducida por el Flaco Menotti y alumbrada por el genio inabarcable de Maradona, enfrentaba a Italia en el estadio Sarriá de Barcelona. Enzo Bearzot, técnico por aquel entonces de Italia, le preparaba una gran trampa futbolera a la Selección: persecuciones individuales arteras por toda la cancha (la más recordada fue la de Claudio Gentile sobre Diego, bajándolo con violencia ante cada intento del astro argentino), esquema táctico ultraconservador y el sueño de sacarse la lotería con un par de contragolpes que en el segundo tiempo explotaron. Le salió redondo a Italia. Asfixió a Argentina de mitad de campo hacia atrás, le comió las piernas y capacidad de circulación, hasta que lo embocó de contraataque y construyó un 2-1 que relanzó a Italia a la conquista de la Copa. Mundial de Sudáfrica de 2010. Argentina, en los papeles, tenía que demoler a esta versión propia del antifútbol que es Grecia. Sostener que los griegos se colgaron del travesaño hasta parece generoso. Lo hicieron con una convicción notable. Y le complicaron la vida a Argentina. Claro que Grecia muy lejos está de ser Italia. Tiene de Italia la mitad del libreto: se meten atrás y se quedan atrás. Sin salida, sin contragolpe, sin nada. Un espanto desde donde se lo mire. Si lo de Grecia fue un tributo al entrenador José Mourinho por aquella lamentable puesta en escena en el Barcelona-Inter de mayo pasado, lo desconocemos. Pero se le pareció demasiado. Hace 28 años, en España ’82, Argentina terminó inmolada. Nunca encontró los espacios, aunque los buscó siempre. El último martes, en Sudáfrica, contra un adversario de tercera categoría, Argentina tampoco encontró los espacios hasta que clavó el 1-0 a 13 minutos del final. ¿Supo jugarlo el partido, entonces? Más allá del 2-0 del cierre que siempre pinta un panorama sencillo y holgado, quedó en claro que por larguísimos pasajes se vio cercado por dificultades muy influyentes. Es cierto que tuvo paciencia, pero le faltó más ingenio colectivo. O una dosis superior de funcionamiento para quebrar a un rival solo diseñado para aguantar. Tocar a otro ritmo El partido, en definitiva, como cualquier otro partido, siempre deja en pie una lección irrepetible. Es positivo que Argentina haya tenido que cruzarse con el primitivismo conceptual de Grecia. Le va a servir refrescar las imágenes de esta película previsible. No porque los próximos rivales (en el caso que siga avanzando en la competencia después del duelo en octavos ante México) se vean tentados de imitar a rajatabla el planteo de Grecia. Pero será muy poco probable que a Argentina la salgan a atacar. Ni Brasil lo hizo en los últimos clásicos. La esperó a la Selección. Le quitó los espacios de ataque y la agredió, a campo descubierto, con Kaká, Robinho y Luis Fabiano. Las derrotas todavía están frescas. Argentina, de cara al repliegue masivo que le van a oponer rivales que van a jugarle con la regla de cálculo en la mano, tendrá la necesidad de crecer como equipo. De tocar a otro ritmo. A otra velocidad. Un toque y una descarga mansa y lenta, como lo hizo ante Grecia, provoca más anticipo, más coberturas y más tranquilidad para ahogar las iniciativas de Messi y compañía. No se pide apuro frente a estas circunstancias. Ni tampoco aniquilar la pausa, porque sin pausa el fútbol es una ruleta rusa. Se pide circulación a ritmo más intenso. Asegurar tanto el destino de cada pelota como quedó patentado contra Grecia, quita sorpresa y arrincona cualquier pretensión de cambiar el ritmo. El precio a pagar por Argentina por haber elegido un fútbol de control de pelota y ataque permanente, es la especulación adversaria que tendrá que derribar. Esta es la tarea más compleja. Del otro lado del mostrador, va a encontrar los que juntando monedas del piso quieren quedarse con todo. Grecia fue un caso extremo. Claro que los extremos también hacen papelones. Argentina lo puso en evidencia antes y después del 2-0 inapelable y unánime.

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