Su regreso al fútbol argentino para dirigir a Gimnasia en una circunstancia de altísima complejidad, provocó una auténtica conmoción de dimensiones infrecuentes, que reactualizan los alcances de un fenómeno popular que el paso del tiempo va resignificando

¿Diego Maradona es un gran entrenador? Nadie podría confirmarlo. ¿Es un pésimo entrenador? Nadie podría suscribirlo. ¿Qué es entonces? Alguien que trasciende largamente la función de un técnico.

Diego va mucho más allá de ser un técnico. Que no significa que esto sea muy virtuoso o muy decadente. Es una de las tantas especialidades made in Maradona. Por eso en Gimnasia despertó de la noche a la mañana las pasiones y los instintos futbolísticos más potentes hasta de los que no sueñan con el fútbol. Como ya había ocurrido en los Emiratos Arabes Unidos y en México cuando se plantó en el rol de un conductor.

Un conductor sui generis, en definitiva, con particularidades especialísimas. Porque transmite ilusiones incluso sin hablar. Es su presencia. Su magnetismo. Su recuerdo. Y los recuerdos que, en diferentes contextos y episodios, cada uno de nosotros tenemos de él. Como jugador excepcional que solo resiste la equivalencia con Pelé, o como tipo que desde hace décadas se enfrenta a la vida caminando por los bordes.

La realidad es que nadie espera que Maradona se revele como un estratega formidable. Nadie cree que Gimnasia incorpore a favor de la omnipresencia de Diego de un valor agregado que se nutra de los sistemas tácticos y de órdenes o sugerencias muy específicas y sofisticadas.

DIEGO MARADONA

El no está para eso. Nunca lo estuvo. No es la sombra hiperactiva de Carlos Bilardo ni la pausa y mirada reflexiva del Flaco Menotti, a quién siempre consideró como el mejor entrenador que lo dirigió. No tiene el don ni la vocación perdurable de la docencia futbolística. Tiene el don que emana de esa figura reconvertida en leyenda. O en una postal viva de la épica que se va resignificando con el paso de los años.

Esa leyenda y esa épica insuperable es la que atraviesa la subjetividad de la gente del fútbol y de la gente que camina por afuera del fútbol. Es la que motorizó la celebración variopinta para recibirlo en el Bosque platense. Es la comunión detrás de los relieves que se constituyen en una utopía. O en el milagro que él podría expresar solo parándose delante de los jugadores del Lobo.

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Es cierto, hay una especie de fe religiosa puesta al servicio de Diego. Algo inasible. Algo que trasciende las formas y los contenidos. Lxs hinchas de Gimnasia que lo recibieron como se recibe a los héroes del pasado y del presente, saben que ese hombre no es un super hombre. Pero hoy lo ven así. En esa dimensión. Como un conquistador sensible de tierras prometidas. Como alguien que llega para provocar la gran reivindicación en momento capturados por la adversidad.

Transitar por estos rumbos de esplendores y excitaciones siempre fue para Diego una cuestión que supo naturalizar. Como también naturalizó su derrumbe, que fueron varios. El viajó en todas las direcciones. Ganó en la cancha y perdió en los escritorios y en otros escenarios. Difícilmente empató. Y ahora lo convocaron para que gane antes de empezar. Que gane hasta la adhesión de los escépticos y reaccionarios más convencidos, rehenes de odios atávicos.

Maradona 2

No va a ser Diego un entrenador ni clásico ni moderno. Si alguien conserva esa esperanza sería bueno que la archive de inmediato. Al hombre todo terreno que el 30 de octubre cumplirá 59 años, no suelen visitarlo los convencionalismos ni las diplomacias. El ya diseñó con inspiración genuina el perfil intransferible de la función que el mundo del fútbol conoce y define como técnico.

En ese punto, Maradona adquiere la silueta de un profeta del fútbol. Que arriba y revela algo que estaba oculto. Que llega y deja fluir sensibilidades ajenas. Por ejemplo, la potencialidad dormida de un grupo de jugadores. Porque esto es lo que se espera. Lo que aguardan todos los que le regalaron una fiesta inolvidable en el Bosque: la aparición de un equipo renovado, estimulado, pujante, vigoroso, ganador y hasta con cierto encantamiento místico para salir indemne de los promedios muy amenazantes.

Ese valor agregado es el principal combustible de Diego. Es la magia del encuentro compartido. Es el instante supremo que puede eternizarse, aunque no lo logre. Es volver para ser millones, como proclamó alguna vez con voz desgarrada una mujer notable con pensamiento y acción.

Maradona, sin dudas, genera ese vínculo indestructible. Y une el ayer y el hoy. Lo une y lo funde en una pieza única. Dicen las memorias conocedoras de los suburbios que el romance o el hechizo ya comenzó. El fútbol y los resultados a veces acompañan. Y a veces no.

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