En medio de operaciones de prensa de todos los colores y de lobbys descarnados, el mejor jugador del mundo atentó contra su postura original y prefirió continuar ligado al Barça. El costo de este retroceso es un capítulo abierto que solo el tiempo podrá ir revelando.  

“Me quería ir porque pensaba en vivir feliz mis últimos años de fútbol. Este último año no encontré la felicidad dentro del club”, le confesó Lionel Messi al mundo del fútbol, denunciando sus sentimientos. En otro momento, agregó: “Estoy en el derecho de poder decidir. Me iba a buscar nuevos objetivos y nuevos retos. No tenía nada de malo irme en ese momento. Lo necesitaba yo, lo necesitaba e club y era buenos para todos”.

Lo que sin ninguna duda dejan ver las palabras, los gestos y las definiciones de Messi es que seguirá una temporada más en Barcelona a pesar de no querer hacerlo. Como si en la instancia decisiva no pudiera cortar el cordón umbilical que lo unía al Barcelona desde que tenía 13 años, luego de dejar atrás su tránsito por Newell’s.

Ir en contra del propio deseo nunca es sencillo de metabolizar. Ni para los hombres y mujeres anónimas ni para las grandes estrellas que ni por adentro ni por afuera del fenómeno del fútbol parecen tener todo a su alcance. Y no lo tienen. En algunos casos (no pocos), son rehenes privilegiados del sistema. Aunque no lo admitan.

Es muy probable que Messi de manera brutal haya dejado instalado en el presente y para las memorias que lo trasciendan, que suele no alcanzar con expresar en palabras lo que uno quiere. Eso podría configurarse como una postal del voluntarismo. Pero hace falta dar un paso más. El paso que determina un rumbo, un horizonte y una búsqueda existencial que siempre ocasiona algunos costos adicionales. En este caso, con la bastardeada institucionalidad del Barça, representando el rol de un poder corporativo que solo se rinde frente al dinero.

Messi, en definitiva, se quedó ahí. En la orilla. Y se quedó frustrado, más allá de las preferencias de su esposa y sus tres hijos de permanecer en Catalunya. Una pregunta ineludible se filtra en estas circunstancias: ¿le servirá a Messi haber resignado su deseo en nombre de no confrontar judicialmente con el club catalán?

Y ampliamos la pregunta: ¿le servirá desobedecerse así mismo? ¿Y navegar de aquí en más en contra de su sentimiento? La respuesta solo la subjetividad de Messi la puede elaborar. Lo real es que el hombre de 33 años que reivindicaba desde hace poco más de una semana una postura radical, prefirió en una etapa que era a todo o nada (irse o quedarse), retroceder y revelar en público sus dudas e inseguridades, aunque lo haya enfocado con críticas duras al vapuleado presidente Josep María Bartomeu.

Por supuesto que no está en consideración plantear que haría cada uno de nosotros en episodios similares. Porque en esa dimensión, esos episodios nadie los vivió. Los vive Messi. Y son intransferibles. Lo que si quedó en evidencia es el tono de marcado desaliento con el que Messi afrontó la entrevista que concedió. Un tono con sabor a derrota. Y con cicatrices que el tiempo develará cuáles son. Y como permanecen.

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