Las últimas veladas denuncian que cada vez se está más lejos de la idoneidad, y que hay vacíos legales que deben salvarse con sabiduría; creatividad e ingenio para salir de la crisis, por un lado, y legislar como corresponde por el otro, son la mejor forma de recuperar la credibilidad, respeto y calidad, que le devuelvan la dignidad a este deporte

Cada tanto en el boxeo a alguien se le ocurre una buena idea. Justo es reconocerlo.

Los torneos “Súper 8”, con 8 púgiles de la misma categoría a eliminación directa, que se enfrentan periódicamente (cada dos meses más o menos), creación de la empresa Sampson Boxing de Sampson Lewkowicz, en estas épocas de vacas flacas y paridad de niveles, son lo ideal, un atractivo extra para todos, incluyendo los espectadores.

El problema es que eso no esconde la incapacidad general que viene de arrastre, ante lo que es difícil luchar porque está enquistada en las células más intrínsecas.

El último sábado en Las Varillas, Córdoba, se lanzó el Súper 8 de los medianos, con 8 púgiles que, salvo algunos nombres, no se comunicó del todo bien quiénes son, en vez de ahondar en palabrerío estéril y antiperiodístico.

Lo que sí se conoce es que no todos están rankeados a nivel nacional, cosa que sería bueno que ocurriera –en lo posible- para terminar de darle el nivel deseado.

Así arrancó el año con dos peleas, una entre Tomás “La Cobra" Reynoso (4º en supermediano) vs un no rankeado como Germán Peralta, y la restante entre Gonzalo “El Mago” Coria (3º en superwelter y uno de los favoritos a ganar el torneo) vs otro no rankeado como Martín Bulacio, aunque tenía el gancho de ser local.

Y ya se produjo el primer batacazo, porque contra todos los pronósticos, en el cruce inicial, Peralta -pese a que llegó de apuro en reemplazo de José Villalobos (tampoco rankeado)- le ganó por puntos en fallo unánime (y ponderable) a La Cobra, que era el favorito.

Lo curioso es que ante la paridad de la pelea a alguien se le ocurrió preguntar qué pasaría en caso de empate –algo que tranquilamente podría haberse dado-, y nadie supo responder. Esa alternativa tan básica no estaba contemplada por la organización del evento. Increíble.

Habla a las claras de que hasta las buenas ideas se toman sin demasiada convicción ni seriedad. No hubiera pasado si –como en otras épocas- en una mesa de café se debatieran las ideas, se limara el punto de vista y aportaran retoques u objeciones.

De allí que todo lo que se planteó como posible solución era o injusto, o antirreglamentario:

A- Que los jueces que dan empate se inclinen por uno u otro, como en los torneos amateurs. (No previsto en el reglamento argentino. Las tarjetas no pueden manipularse y se entregan round por round. El que gana, gana, y si da empate, es empate).

B- Hacer un round “extra”. (Tampoco previsto en el RAB. Los rounds son 4, 6, 8, 10 ó 12).

C- Que pase el mejor rankeado. Razonamiento injusto, porque el ránking no es científico. Y si así fuera, según cómo se mire, hay más mérito del que viene abajo.

D- ¿Cuándo? ¿Dónde? Sería poco serio.

E- Que el promotor elija. Sería antojadizo, arbitrario, y discriminatorio.

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Conclusión, no estaría mal que la FAB, atento a los tiempos que corren, pensara en sacar una resolución para estos casos. Y que, sea como fuere, al menos esté escrita y no que se improvise sobre la marcha.

Cabe destacar el fallo del combate de los jueces Argentino García, Caruncho y Jue, que no les tembló la mano para premiar al más ignoto, con justicia pese a la paridad, aunque La Cobra se quejó del veredicto. En una pelea bien arbitrada hubiese perdido por descalificación, porque se la pasó metiendo la cabeza (su rival también, pero menos) y haciendo infracciones.

Pero lo más insólito ocurrió en la estelar, donde Gonzalo Coria venció por KOT 8 a Bulacio, ya que éste sufrió un tirón en la espalda que le impidió seguir combatiendo, aunque estaba perdiendo ampliamente en las tarjetas, no sólo por el trámite en sí, sino (además) por los descuentos de puntos sufridos injustamente a causa del protector bucal.

A Bulacio se le caía porque era grande, lo cual no era su culpa. El RAB ordena descontar 1 punto cuando se arroja voluntariamente, pero no cuando se cae por golpe lícito del rival.

El problema era que al cordobés no le sucedía ni una cosa, ni la otra, aunque de las 12 veces que se le cayó, alguna que otra fue por golpe. Mas nunca lo arrojó adrede.

El árbitro Víctor Correa –el mismo que dirigió la otra, Reynoso-Peralta- con un criterio muy particular, descontó a veces sí y otras no, según su humor. Incorrecto.

Descontó (porque sí) 1 punto en el 4º y otro en el 5º sin una razón lógica, pero en el 7º vino lo peor: ¡descontó 2 puntos juntos! ¿What? Esa fue una creación libre de un reglamento propio.

Entonces el señor Correa, por caerse el bucal sin haber sido arrojado intencionalmente no sólo aplicó una sanción que no correspondía, sino que esta fue de dos puntos, algo que el RAB no contempla en ningún caso. Siempre se descuenta de a uno, sin límites, hasta que el árbitro decida la descalificación si lo considera oportuno.

Pero hay algo peor: nadie lo advirtió. Todos lo tomaron con naturalidad.

Ni siquiera el fiscal de turno, que está para hacer cumplir el reglamento y corregir cualquier error arbitral hizo hincapié en tan ordinario yerro, comparable a que en fútbol un árbitro haga valer un gol doble, o haga patear un penal con barrera.

¿Qué se puede hacer ante esto? Hace tiempo se viene en esta columna insistiendo sobre los alarmantes deslices reglamentarios de quienes deben aplicarlo, pero empeora cada vez, y no se trata de un detalle aislado, ni de cosas rebuscadas, sino graves, básicas, fundacionales. ¿Interesa?

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