La tímida recuperación de la especie por ahora no da para motivar grandes viajes, pero sí para entusiasmarse con una linda pesca al vadeo o de orilla, a fondo, mateando y disfrutando del asado a la vista de los flamencos.

En el centro Sur de Santa Fe, una laguna única se ofrece como un centro de vida en medio de los campos tapizados de soja y glifosato. Hablamos de Melincué, una verdadero paraíso para especies de aves migratorias, y también un pesquero del que poco se ha hablado en los últimos años, con justa razón. Es que sus aguas con altos niveles de yodo y bruscos cambios de Ph en virtud de las crecientes o bajantes, hacen que la supervivencia del pejerrey sea harto difícil. Pero la especie parece estar logrando adaptarse pese a estas circunstancias, tras un trasvaso de ejemplares de un espejo de Elortondo. 

Así las cosas, pescando a fondo a pie seco o al vadeo, Melincué viene ofreciendo posibilidades de llevarse algunas hermosas flechas a los aficionados locales (el número de piezas que entrega por día aún no justifica grandes travesías), que entre mates y asadito al costado de la laguna, tiran varias cañas a fondo y se llevan algunos pejes de importante tamaño.

Distante a unos 350 km de Capital, se llega por Ruta 8 y pasando Hugues siguiendo la 93 hasta donde se produce un quiebre: allí podemos seguir unos km por camino de tierra continuando la vieja ruta hasta tocar la laguna. Será un buen punto para el vadeo. Otra opción es seguir por la 93 siempre por asfalto hasta la 90, doblar luego a la izquierda, levantar mojarras en el puesto de venta de René, y seguir hasta la entrada al Casino Melincué.

Enfrente al mismo podemos internarnos a la laguna por el camino al viejo Hotel Balneario, hoy en ruinas tras una inundación. Ese camino permite la pesca a pie seco, tirando preferentemente a la mano derecha. Allí vimos aficionados cobrar pejes perezosos que no toman líneas que caminen (por eso no los pescan a flote) y con el llamativo detalle de que en muchos casos vienen tuertos, con un ojo dañado por el yodo. 

Con Ricardo Paolucci como guía y asesorados por Hugo Toscano, otra buena caña local, tras pescar por la mañana en el camino al hotel, nos fuimos costeando la laguna hacia la derecha a la zona de los campings, entrando por el camino del viejo basural. Allí nos maravillamos con la colonia de flamencos andinos presente en la laguna.

Esta bella especie, muy vulnerable, bien paga la visita a fotógrafos y observadores de aves. Y mientras empezábamos a hacer el asadito al costado de esta olla de 25 mil hectáreas, entramos vadeando unos 100 metros (apenas con el agua a la rodilla) en este suelo entoscado, para tirar varias cañas a fondo que dejamos suspendidas en los posacañas. Y logramos de ese modo varias capturas de pejes de 30 a 35 cm, siempre a fondo y encarnando con mojarra.

La laguna tiene algunas canaletas profundas (las sentíamos al recoger las líneas) y no se permite la navegación a motor, pero sí a remo (aunque que no hay una sola bajada de lanchas).

Así las cosas, a puro vadeo y espera, este espejo permite hoy por hoy aspirar -en un buen día- a una decena de piezas por jornada y por grupo de pescadores. Como dijimos antes, no motivan estos rindes grandes viajes, pero para los locales, es una bendición volver a tener pejes.

Pejes que hay que cuidar de las redes, facilitando al pescador deportivo navegar la laguna (por lo menos con una buena bajada de lancha) para detectar redes y equipando al menos a la gente de Fauna con embarcaciones motorizadas para poder patrullar el espejo en su interior y no solo circunvalarlo. Sino, la ventaja la tendrán quienes no cumplen con la ley.

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