Los argentinos debemos saludar el advenimiento del nuevo Papa Francisco con una alegría inconmensurable. Tiene una personalidad a todas luces desbordante, siempre fue receptor de quienes frecuentaron sus encuentros, escucha a todos y en particular a los más débiles , fue pastor abierto a todas las religiones. Los que tuvimos la suerte de asistir en la Catedral Metropolitana a sus homilías damos fe: se trata de un dignatario eclesiástico de nivel sobrio, equilibrado, siempre dispuesto al diálogo, humilde y por eso lo vamos a extrañar porque ha tomado el camino de la consagración al ser nuevo dignatario mundial de la Iglesia Católica, lugar que por otra parte lo tiene muy merecido por el trabajo de misión que ha desarrollado. Es jesuita, pregonó siempre el amor a los pobres, su ayuda incansable, su sencillez es servicio; los egoísmos y la envidia de los seres humanos no sirven para vivir en paz y en fraternidad. Por eso frente a algunas declaraciones contrarias a su designación realizadas por sectores políticos el domingo último en ocasión de la primera misa en el Vaticano dijo: 'el Señor no se cansa de perdonar...'.