Hace dos décadas, la adaptación cinematográfica de la obra maestra de Bret Easton Ellis llegaba a los cines y se convertía en un éxito inesperado. Para meternos en el corazón de esta sátira, recordamos las motivaciones del escritor para concebir al asesino Patrick Bateman

¿Hasta qué punto el dinero puede llenar el vacío existencial? En sus primeras novelas, Bret Easton Ellis narró con la frivolidad de un privilegiado cómo otros millonarios compraban parches carísimos y no lograban tapar ese agujero. Aunque los revoques fueran de Hugo Boss o Giorgio Armani, cuando se cubría un agujero reaparecía otro, y otro, y otro. No alcanzaban las pastis, la merca, los yates, ni el botox.

Esta reflexión quedó inmortalizada en Menos que cero (Less Than Zero, 1985) y Las leyes de la atracción (The Rules of Attraction, 1987), dos diagnósticos clínicos de la Generación X. Después de estos éxitos, como estandarte de una cultura consumista a la que estaba obligado a pertenecer y alimentar, el escritor hizo lo que parecía estaba destinado a hacer (¿y ser?): Psicópata Américano (American Psycho, 1991), el epítome de una nueva camada de autores tan influidos por MTV como por Norman Mailer.

En dicha obra maestra, como una representación extrema de esas refacciones elitistas en tiempos de Ronald Reagan, el angelino concibió a Patrick Bateman. Mientras el sol golpeaba en los rascacielos de Manhattan, este ejecutivo inflaba el pecho por ser el vicepresidente del departamento de fusiones de Pierce & Pierce –la firma de su padre- y se dedicaba a tener reuniones en lugares lujosos. Pero en las noches, su narcisismo, misoginia, y aporofobia, se escapaba de las charlas en restaurantes carísimos -“una mujer con una gran personalidad significa que básicamente debe tener un buen cuerpo"- y se materializaban: mataba, violaba, y grababa muchos de esos crímenes.

No había culpas tras empaparse de sangre, solo un placer que lo llenaba más que la carne con chevre y fondo de codorniz (o esos platos pretenciosos y pocos atractivos de la high). Una vez que las luces entraban por los ventanales de su lujoso departamento en el onceavo piso del American Gardens (donde también Tom Cruise veía a la escoria desde las alturas), las preocupaciones volvían a ser su “máscara de cordura”: su rostro suave, sus músculos marcados, la pilcha más cara, la credencial más sofisticada, el mejor peinado, y la música de moda.

Así y todo, se sentía menospreciado por ese sector en el que no solo quería encajar sino reinar. Porque cada vez que intentaba hacer una maldita reserva en Dorsia, le decían que no había más mesas. Y ocupar ese asiento en el World Trade Center era la única ostentación que necesitaba para ser un verdadero yuppie y acercarse a uno de sus héroes: Donald Trump. Su otro guía era Ed Geins, el homicida que se excitaba con solo pensar en la que cabeza de una chica bonita clavada en un palo, pero a éste ya lo había superado...

Entre la sátira y la metaficción. Para los intelectuales que rescataron a la novela del escarnio mediático –se armó tal revuelo antes de su publicación que la editorial Simon & Schuster decidió desecharla por desacuerdos éticos, y terminó siendo publicada por Vikings- se trató de una alegoría extrema sobre cómo se decidían la vida de los desprotegidos en Wall Street. Pero esa no era la intención de Ellis. El escritor sólo quiso retratar al nuevo hombre modelo de los Estados Unidos, un nuevo modelo para el cual se inspiró en las obsesiones de su padre.

El escritor consideró que la cultura masculina había adoptado definitivamente los tropos de la homosexualidad a tal punto que todos los ricachones parecían actores de una película porno gay. Un estereotipo del republicano blanco y pulcro al que se adelantó Robert Martin Ellis, alguien que no dejó más herencia que un armario repleto de trajes Ralph Lauren y una inspiración perpetua para su hijo –en Luna Park (2005) reveló que su padre estaba tan obsesionado con su cuerpo que se hizo una cirugía para agrandar su pene cuya consecuencia fue que su pantalón terminara con manchas rojas en la entrepierna en más de una oportunidad-.

Pero no solo se trataba de espantar el fantasma de su viejo. En el fondo, Psicópata Americano fue tanto una ficción como un chivo expiatorio y una catarsis personal. “Está realmente infundido con mi propio sufrimiento. El dolor de un chico de unos 20 años, tratando de encajar en un sociedad en la que no necesariamente quiere encajar pero que realmente no sabe cuáles son las otras opciones”, confesó Ellis.

Años después, tras resistirse a profundizar en subtextos o defenderse de quienes lo señalaban como un depravado en los noticieros, el novelista admitió que Bateman fue un hostigador de sus pensamientos que lograba romper el encantamiento adormecedor de las pastillas marca Xanax y se aparecía cada noche hasta que terminó el libro. Un libro tan íntimo y transgresor que todavía sorprende que se haya transformado en una película salida de un imperio tan puritano como Hollywood. Y aún más sorprendente, en una película más que aceptable.

Buscando adaptar lo infilmable. Cuando la corrección política se quiso cargar la novela, la industria cinematográfica intentó captarla y llevarla a su terreno. En 1992, el director David Cronenberg anunció una adaptación que contaría con Brad Pitt en el rol central y tendría al mismo Ellis como guionista. El problema fue que el autor estaba tan cansado de su propia obra que deformó su esencia por completo.

“Me desvié bastante, ya que estaba un poco aburrido de la novela después de vivir con ella durante casi cuatro años. Inventé algunas escenas: había una compleja secuencia musical al final, con ‘Daybreak’ de Barry Manilow, y Patrick Bateman en una plaza hablándole a la gente, y una toma final en la cima del World Trade Center. Me alegro de que no se haya filmado, pero ese final muestra lo aburrido que estaba en ese momento con el material”, admitió el escritor.

Parecía que iba a ser infilmable. El director Stuart Gordon, una eminencia de la Clase B, había tirado la toalla después de prometer una versión con Johnny Depp, y solo parecía vislumbrase una superproducción bajo la supervisión de Oliver Stone si Leonardo DiCaprio aceptaba transformarse en un descuartizador de prostitutas y un destripador de indigentes. Una opción que el nuevo chico de oro no vio con buenos ojos tras el fenómeno de Titanic (1997), y prefirió marcharse a la isla Tailandesa de Phi Phi Lay para la filmación de La Playa (The Beach, 2000).

Lions Gate ya estaba a punto de abandonar sus intenciones de un abordaje en la gran pantalla. Pero, después de recibir buenas críticas por Yo Disparé a Andy Warhol (I Shot Andy Warhol, 1996), la realizadora Mary Harron presentó un guión de su autoría que podría realizarse sin desembolsar una cifra descabellada y el proyecto se encaminó. Ella tenía una sola condición para su enfoque low cost: Christian Bale debía ser el protagonista, y ni siquiera aceptaría que trataran de seducir a DiCaprio. Y no estaba equivocada.

Como se ha dicho muchas veces, Bale fue el mejor Batman, pero mucho antes el mejor Bateman. Una realidad que Ellis no tardó en descubrir (y detestar): “Recuerdo estar en un restaurante en Los Ángeles esperando a Christian Bale, alguien me tocó el hombro, me volteé y ahí estaba, vestido como Patrick Bateman y actuando como él. Era bastante perturbador; cuando llevábamos cinco minutos hablando y él seguía actuando como Bateman, le pedí que por favor se detuviese. ‘Ya tuve suficiente, sentate, ya entendí, me parece bárbaro, estás aprobado, no quiero seguir almorzando con Bateman’. Nos reímos mucho”.

El ejecutivo loco de la motosierra. Pese a distintos problemas presupuestarios que retrasaron su producción, el film se estrenó un día como hoy hace 20 años. El resultado superó las expectativas que tenían los fanáticos, pero aun así no estuvo a la altura de la brutalidad expresada en aquellas 400 páginas. Mucha de esa violencia que podía generar nauseas –como Bateman haciendo que la cabeza de una mujer decapitada le practicara una fellatio u orgías despiadadas que la puesta en escena dejó a oscuras y bajo las sábanas (¡!)- se dosificó y el humor negro se hizo presente a cuentagotas. Y ciertamente, nadie deseaba observar algo así mientras revolvía su balde con pochoclos.

Con gran parte de la crítica especializada a su favor y los programas debatiendo su valor artístico, la película volvió a generar un culto alrededor del libro y su autor -quien recuperaba relevancia en los veinteañeros-. Un fenómeno que no tenía ganas de atravesar (otra vez), pero que no hizo que odiara la película: “Me gustó. A ver... no, no me gustó, si se entiende. No pensé en absoluto ‘ay, cómo la cagó’. Para nada, tomó un libro muy difícil de adaptar e hizo una película muy inteligente, contenida, divertida y elegante. Lucía extremadamente bien, muy elegante y cara, cuando sólo costó 6 o 7 millones de dólares”.

A dos décadas de su estreno, el gran acierto de Psicópata Americano(American Psycho, 2000) parece haber sido su habilidad para evidenciar la impunidad con la que cuentan aquellos con cierto estatus. Bateman arranca diciendo “tengo todos los rasgos de un ser humano. Carne, sangre, piel, pelo. Pero ni una sola emoción clara e identificable, excepto la avaricia y la repugnancia” y culmina asumiendo que “mi castigo sigue eludiéndome. Y no consigo conocerme mejor. De mi relato no puede extraerse ningún conocimiento nuevo. Esta confesión no ha significado nada”.

Y es que no importa si condenan a una nación comprando títulos de deuda o serruchan la cabeza de un ciudadano cuando están aburridos, un sector de la sociedad puede obrar sin consecuencias. Un sadismo que no pareciera inquietarlos tanto como la imagen que les devuelve el espejo.

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