El entrerriano explica como eligió el momento para profundizar el vínculo con las obras de su región. Y al describir el largo proceso del disco deja entrever las emociones de un viaje no solo artístico.

El entrerriano Carlos Aguirre hizo un viaje para adentro y para atrás en su nuevo disco solista, La Música del Agua, en el que interpretó únicamente con su piano y su voz a autores del Litoral y, extendiendo las fronteras, a creadores que también expresan "la cultura de los ríos", por lo que hay obras de su recordado amigo Chacho Muller o de Ramón Ayala, pero también de los uruguayos Aníbal Sampayo y Alfredo Zitarrosa. La placa, que fue posible por el programa Convocatoria de Fomento del Instituto Nacional de la Música (INAMU) y que será presentada el jueves a las 20 en la Sala Sinfónica del Centro Cultural Kirchner (Sarmiento 151) es un íntimo acercamiento del Negro Aguirre a su región surgido de propósitos no sólo artísticos, como se verá en la entrevista.

En el anterior disco solista, Orillania, estabas en la orilla; ahora saludaste a los músicos que te habían acompañado y directamente te internaste en las aguas.

-Sí, sí, claro, en Orillania fue un disco propio pero con un montón de músicos. Nunca lo había pensado así, pero sí, emprendí una navegación en solitario. Hace bastante que quería profundizar en la música del Litoral que, más allá de que la he escuchado siempre, no fue la única que he tocado. Tuve etapas de otras músicas, a veces por curiosidad y a veces por los viajes que me hacían indagar en la música del lugar.

¿De chico tenías el río cerca?

-Sabés que no. Me crié en un pueblo de campo, Juan Francisco Seguí, y lo único que había era un arroyo pequeñito. Ahí estaba enamorado del paisaje rural, de los animales. Nos mudamos a Paraná a los 14 años y ahí conocí el río. Comparto el amor por el campo y por el río. Me vine a vivir a un barrio de pescadores cerca del río que tiene mucha naturaleza y es como estar en el campo por lo silencioso.

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En Paraná conociste al guitarrista Walter Heinze que te hizo conocer mucha música.

-Estudiaba en la escuela música de Paraná, que en esa época se podía llevar en paralelo a la secundaria. Tenía que hacer un instrumentos complementario y se me ocurre la guitarra y entonces tengo a Walter Heinze de profesor. Era generoso Walter, las clases no terminaban en la escuela de música sino que desembocaban en mateadas en su casa. Y así se me empieza a despertar el interés por músicas que me señalaba. En ese momento no era tan fácil como ahora acceder a cierta música; debías ir a la casa del que la tuviera... El profe me invitaba a hacer toda una pesquisa...

¿Por qué ahora La Música del Agua?

-Varias cosas confluyeron. Mis dos papis fueron enfermando y me vine cerca de ellos. Ya fallecieron ambos, el año pasado papá. Incluso a papá lo traje a vivir a casa. Fue un proceso hermoso poder acompañarlo. Sentí que era el momento para estar con ellos y no tanto para mis viajes y mis historias con la música. Y me dije que por ahí era el momento para este proyecto... por el hecho de estar en mi casa, con el tiempo de investigar y conseguir grabaciones. Cuando alguien está mal es muy probable la emergencia, la corrida a la farmacia, bueno, todo eso. Sería imposible planear viajes o hacer proyectos con otros músicos, porque tendrías que reprogramar los ensayos muy seguido. Me metí a escuchar, a seleccionar y después trabajé esos temas y los grabé.

No todas las canciones conocidas.

-Tuve algunas ayudas maravillosas, como José Luis Torres, un señor de Rosario muy generoso y con una discoteca enorme. También toca y tiene un entusiasmo terrible por la música. Lo consultó en reiterados momentos por ejemplo para ver cuál era la versión más fidedigna de un tema. Sin saberlo, fue una guía increíble.

En tiempos de Spotify, de alguna manera volviste a las pesquisas de Heinze.

-Claro, sí. Disfruté el proceso que duró más o menos cinco años. Y aprendí mucho. Por ejemplo, conocía canciones de Romero Maciel, pero no sabía que eran suyas (registró Corrientes Cambá, de Alberto Mansilla y Maciel, junto a Pan del Agua, de Ayala; Juancito en la Siesta, de Muller; Leyenda, de Coqui Ortiz y Matías Arriazu, El Loco Antonio, de Zitarrosa; Río de los Pájaros y La Cañera, de Sampayo; Pato Sirirí, de Jaime Dávalos; Santiago, de Silvia Salomone; Pato Sirirí, de Jaime Dávalos y Pasando como si Nada, de Luis Barbiero). Todo esto se transformó en una especie de embudo, que me fue conduciendo hacia mi lugar y a la cultura del río más allá de los límites políticos. Hay decisiones que fueron más conscientes y otras fruto de lo que podía hacer... Y fue un recorrido de emoción y de asombro.

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