Con motivo de un nuevo aniversario de su primera emisión, analizamos el idilio entre la audiencia y esos treintañeros neoyorquinos

Los episodios se emiten desordenados en el cable y las temporadas se reproducen al infinitum en Netflix. No importa cuánta atención se les esté prestando a las aventuras de Rachel (Jennifer Aniston), Monica (Courteney Cox), Phoebe (Lisa Kudrow), Joey (Matt LeBlanc), Chandler (Matthew Perry) y Ross (David Schwimmer), los necesitamos ahí. Eso que sucede con Friends(1994-2004) es un fenómeno que consiguen muy pocas series: sus personajes forman parte de nuestra vida, y sus experiencias funcionan casi como recuerdos propios –¡y la mayoría de ellos felices!-. Los vimos miles de veces, y los veremos otras mil.

Hace un tiempo, cuestionado sobre el placer que generan las repeticiones de nuestros shows y películas favoritas, el neurocientífico Facundo Manes analizó: “Tiene que ver con los sistemas cerebrales de recompensa. Y es justamente por eso que las vemos una y otra vez. Esto nos ayuda a sentirnos bien, porque las actividades que nos resultan apasionantes aumentan la atención selectiva hacia esa tarea, como si nos ‘hipnotizaran’”. Y no es casualidad que esa explicación se ajuste al disfrute que genera reencontrarse hasta cuatro veces por día con los habitués del Central Perk.

La identificación con esos neoyorquinos atractivos es algo natural para millones de personas. Sus problemas no se diferencian mucho de los que atraviesan, en cualquier lugar del mundo, los ciudadanos de clase media. Y aunque fueron la máxima expresión de la Generación X, no hay Millennial o Centennial que se sienta ajeno a esos enredos amorosos, frustraciones laborales o crisis existenciales. El magnetismo que producen los desencuentros y reencuentros entre Ross y Rachel o la tristeza que invade cuando Chandler deja el departamento de Joey es atemporal y trasgeneracional. ¿Quién no atravesó situaciones parecidas?

Pero hay una cuestión fundamental que excede la nostalgia y es clave para que su contenido no nos aburra a 25 años de su estreno: las experiencias propias. Ellas nos llevan a resignificar eso que conocemos de memoria. Crecimos viéndolos y aunque ellos sean exactamente iguales, nosotros no. Nuestra visión del mundo adulto está en una permanente reconstrucción. Por eso, cuando volvemos a ver cómo Phoebe aprende a andar en bicicleta a los treinta y tantos, el capítulo sigue siendo una experiencia enriquecedora.

Aprender a manejar lo que sea, es un ejercicio diario. Mirar Friends, reírnos y repetir los diálogos al unísono con el televisor, también. En gran parte, algunos le debemos nuestro sentido del humor.

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