River venía de ser ampliamente superado por Vélez y la derrota por 2-0, en la octava fecha, había instalado los rumores sobre la supuesta salida de Matías Almeyda. Entonces, Daniel Passarella tomó la posta y aquel 19 de septiembre, en una conferencia que apenas duró seis minutos y en la que no aceptó preguntas, el presidente bancó al entrenador. "Almeyda merece más oportunidades porque se las ganó", fue la declaración del mandamás riverplatense para sostener la permanencia del técnico que había elegido para la difícil estadía del equipo en la B Nacional, donde iba a hacer su debut en el oficio. Enseguida River sufrió una nueva caída, esta vez ante Racing, por 1-0 en el Monumental. El Pelado, sin embargo, resistía.
Una victoria para descomprimir tensiones y acallar cuestionamientos se había vuelto urgencia. Llegó y fue desahogo. El recordado abrazo deLeonardo Ponzio en el primer gol del 4-0 sobre Arsenal fue el testimonio más contundentes.
River tuvo otra actuación demoledora al partido siguiente: 5-0 sobre Godoy Cruz, adiós a los fantasmas y tranquilidad. Pero no pasó mucho hasta que todo volvió a teñirse de gris. La derrota por 1-0 en la visita a Quilmes y el 2-2 en el Superclásico con Boca, que le ahogó el triunfo sobre la hora, golpearon duro.
Desde entonces, y aunque ya no sufrió más derrotas, River siguió sin convencer. Fueron cuatro empates y una híbrida victoria sobre Unión por 2-0. En el medio, Almeyda continuó con sus permanentes modificaciones: en 60 partidos utilizó 54 equipos diferentes y nunca repitió la formación en el presente certamen. También se indignó en público por las críticas ("Está instalado que River juega mal", protestó) y presuntos comentarios destituyentes ("Veo algunas cosas extrañas", agregó). Y fue más allá: "Si quieren que me vaya me van a tener que echar", desafió. Y lo echaron, nomás. El 2-2 con Independiente, el sábado último, registró el último capítulo.
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