Como si fuese una mancha invisible que se extiende en todas las direcciones, la determinación fulminante del mejor jugador del mundo de patear el tablero activó reacciones que expresan resentimientos, broncas e incomprensiones que pretenden descalificarlo.   

La propagación de los efectos deseados y no deseados que derrama la partida de Lionel Messi del Barcelona recién empezaron. Y son reveladoras las señales que van quedando por el camino. A favor y en contra de la decisión que tomó Messi.

Porque ahora se advierte con claridad meridiana a todos los que escondidos detrás de los títulos (34 en el Barcelona) y de los goles que anotó con la camiseta blaugrana (633 en 729 partidos), parecían estar esperando algún suceso negativo para redescubrirle sus zonas erróneas. Que las tiene y que se encuadran en su intolerancia a la frustración. Alguna vez sostuvimos que es un jugador inmenso con dificultades objetivas para reinventarse en la adversidad. Esto quedó demostrado en la Selección en varias oportunidades.

Pero lo que viene asomando son ciertas actitudes reaccionarias respecto a la determinación de Messi de abandonar el Barça. Como si desde algunos sectores se interpretara que Messi traicionó el apoyo que recibió de la dirigencia catalana cuando a los 13 años arribó al club después de no encontrar en Newell’s una respuesta favorable a sus necesidades extra deportivas.

El conflicto de dimensiones no previstas hace apenas unos días, provocó por otra parte que voces del ambiente del fútbol argentino muy amigables con los espacios de poder, descalificaran a Messi en nombre de la imprudencia y de una rebeldía insustancial. La realidad es que Messi hizo lo que nadie pensó que iba a hacer. Por eso siempre se lo contrapuso a la figura de Maradona.

Diego era caracterizado por la tilinguería mediática como el mal ejemplo a perpetuidad. Como el espejo astillado de la no virtud. Como el hombre que utilizó su don sembrando discordias y tempestades a cada paso. Y era Messi el muchacho aplicado y obediente que siempre transitaba por la vereda de la corrección política y la diplomacia cortesana y oportuna.

Maradona encarnaba el mal. Messi expresaba el bien. Esta lectura primitiva, lineal y binaria nunca se permitió capturar la inocencia. Por supuesto que tenía condimentos políticos. Maradona es un sujeto político. Messi no opina de política. Y precisamente de Messi, el establishment del fútbol nunca podía esperar que sorprendiera con semejante mazazo.

Un mazazo que destruyó los estereotipos. Porque la decisión fulminante de Messi quedó muy en sintonía con otras decisiones que Maradona en otros tiempos y en otros contextos ejecutó durante su extraordinaria carrera. Es cierto, nada es igual. No hay caminos idénticos. Pero en un punto que nadie podría precisar exactamente cuál es, Diego y Leo se encontraron.

Y este encuentro simbólico despertó fuertes reacciones. Messi, mucho más permeable a los silencios que a los estruendos, se había convertido de la noche a la mañana en una estrella inmanejable. En un hombre que celebra sin estridencias haber instalado su deseo ante los rentistas de éxitos ajenos. Porque los que ganan títulos y promueven que gire y se reproduzca el impresionante negocio del fútbol, son los jugadores. No los dirigentes.

Este cambio fundamental de Messi le va a traer nuevos enemigos. Los que antes estaban escondidos detrás de las consagraciones y ahora salen a la luz y los que ahora, en función de estos temblores, lo perciben como un tipo peligroso, capaz de saltar el cerco a sus 33 años. No es tarde. Nunca es tarde.

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