La construcción futbolística que durante cinco años y medio supo llevar a cabo Marcelo Gallardo con resultados formidables, es muy probable que exprese los deseos del mundo xeneize en encontrar un modelo y una idea que le permita superar a su adversario histórico.

¿Puede Boca desbancar a River en el 2020? Sí, pero tiene que construir lo que en el último lustro fue patrimonio del equipo que conduce Marcelo Gallardo. Ese patrimonio de alto alcance es jugar bien al fútbol. O muy bien como lo hizo en varias etapas.

Boca, en los últimos cinco años, corrió detrás de River. Ganó un torneo local y la Copa Argentina con el Vasco Arruabarrena como entrenador. Con Guillermo y Gustavo Barros Schelotto tuvo dos consagraciones a nivel nacional. Y con Gustavo Alfaro conquistó una Supercopa Argentina. Pero en el rubro específico del juego, River siempre lo superó, más allá de imponerse a Boca en instancias determinantes que modificaron radicalmente un patrón histórico.

Seguirá Gallardo en River durante el 2020. Vuelve Miguel Angel Russo a dirigir a Boca luego de su despedida poco comprendida en diciembre de 2007, ahora con Juan Román Riquelme como director ejecutivo del fútbol xeneize. El objetivo central es ocuparle el territorio a River. Es sacarlo de circulación. Es ganar la séptima Copa Libertadores e igualar la marca de Independiente.

Todo esto forma parte del voluntarismo. Del deseo. Es la búsqueda desesperada de una revancha imposible de ocultar. La realidad es que River está armado. Y Boca buscará armarse. La diferencia, por supuesto, no es menor. Es la de un equipo afirmado y convencido y la de un equipo que hace demasiado tiempo que está atrapado en un gran laberinto de dudas, escepticismos, frustraciones y urgencias.

No paró de crecer River. No paró de caer Boca. Aunque la tabla de posiciones de esta Superliga a la que le faltan siete fechas para finalizar, no lo muestre. Estas evidencias (objetivas y subjetivas) incontrastables, se pueden modificar en la medida en que Boca vuelva jugar bien a la pelota, como suele decir ese articulador de los silencios y las palabras que es Riquelme. Sin este contenido fundamental (jugar bien a la pelota), cualquier intento irá camino al fracaso.

Porque a Boca entre tantos interrogantes lo acompaña una certeza: viene jugando mal. Con Alfaro, en este punto, tocó fondo. Llegó a la semifinal de la Copa Libertadores, pero jugó muy mal. O como se sentencia en la tribuna: no jugó a nada. Antes, con Arruabarrena y los Barros Schelotto, había denunciado el boceto de un perfil. Apenas un boceto. Y naturalmente, no le alcanzó. River, en los cruces a todo o nada, se quedó con todo.

Por eso las necesidades de Boca no van de la mano de ninguna explicación compleja o sofisticada: si quiere desbancar a River, tiene que jugar mejor que River. Funcionar mejor que River. Encontrar más juego que River. Acá no tallan otras cuestiones ni otros significantes folklóricos relacionados con ser más guapo y amenazante que River.

No se enfoca ahí la superioridad de uno sobre el otro. O la inferioridad de uno respecto al otro. Se focaliza en los relieves del juego colectivo. En la idea desarrollada. Allí radica la fortaleza de River y allí se concentra la debilidad estructural que viene exponiendo Boca.

El arribo de Riquelme para reorganizar y potenciar el fútbol de Boca es una apuesta que parece trascender a la función de un manager con facultades ampliadas. Riquelme encarna el fútbol elaborado, aunque el técnico elegido (Miguel Angel Russo) no encaje a la perfección en este diseño.

River acredita ventajas apreciables y extendidas en el tiempo. La continuidad de Gallardo sostiene el proyecto del equipo. El expresa la idea. Y no permite que el plantel se tome pausas largas que condicionen su funcionamiento. Por eso River parece lejos de haber agotado un ciclo estupendo.

Boca, en cambio, tiene que empezar su obra. Destronar a River, por ahora es una ilusión. Falta nada menos que ponerla en marcha.

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