Después de un receso interminable, casi igual al receso anterior de 2016 que se comió 3 meses luego de aquel espectacular 4-0 que consagró campeón a Lanús en la final ante San Lorenzo en el estadio Monumental, el fútbol argentino volvería a partir de este viernes 3 de marzo envuelto por la más pura incertidumbre y precariedad organizativa que se recuerde.
La marcha irregular del campeonato (en los últimos 10 meses solo hubo 4 meses y medio de fútbol doméstico) necesita reconstruirse porque quedó demasiado lejana en el tiempo. Tan lejana que hasta los jugadores ni parecieron inquietarse por la inusitada falta de competencia oficial. Como si día tras día entrenaran para no jugar. O entrenaran solo para conservar las formas, las rutinas y las obligaciones contractuales.
La primera consecuencia es que en estos meses (como en el trimestre de junio, julio y agosto de 2016) no se expusieron. O se expusieron poco y nada en partiditos amistosos que la prensa tuvo que amplificar para llenar los espacios. Y si los jugadores en algunos casos quedaron en una vidriera, no deseada, fue más por cuestiones ajenas al fútbol que por cultivar destrezas, habilidades y golazos.
Jugadores y técnicos que de manera errática pero constante suelen hablar de las presiones insoportables que ejerce el público argentino apelando a la propia victimización, deben haber disfrutado de pretemporadas tan extensas, tan vacías y tan alejadas de encuentros por los puntos. Y hasta algunos quizás, sin expresarlo en palabras, se habrán mal acostumbrado a jugar a puertas cerradas, sin hinchas, sin periodistas, sin testigos y sin cámaras más o menos indiscretas.
Sería algo así como hacer un diario que nunca compite porque nunca saldrá a la calle. O poner un comercio que no tiene fecha de inauguración. O instalar una clínica médica que no permite el acceso de ningún paciente. O tener un restaurante que funciona solo para sus empleados. O comprar una flota de colectivos para transportar únicamente a los familiares. Es cierto, es una ficción. Pero hay ficciones que en algunas oportunidades se quedan congeladas frente a la prepotencia de los hechos.
Los auténticos protagonistas (siempre son los jugadores) no son responsables directos del show bizarro en que convirtieron al fútbol argentino los poderes de turno, hasta resignificarlo en un clásico botín de guerra para imponer condiciones económicas y estrategias a futuro en nombre de optimizar los recursos. O de imaginar y alentar un fútbol argentino capturado por la lógica sospechadísima de las sociedades anónimas. Como si las sociedades anónimas con su avidez ingobernable se mostraran interesadas en resolver problemas estructurales. Nada más lejano. Nada más irreal. Nada más falso.
Parar el desarrollo de un torneo durante 10 semanas (como ocurrió en este último receso) seguramente debe ser una marca registrada con muy pocas equivalencias en el mundo. O ninguna quizás. Volver a reiniciar el campeonato es entonces volver a empezar casi desde cero. Aunque Boca esté puntero luego de disputarse 14 fechas sobre las 30 que están programadas hasta fin de junio de 2017.
Pero aquel Boca del año pasado que ganó en hilera los últimos 4 partidos (frente a San Lorenzo 2-1, a Racing 4-2, a River 4-2 y a Colón 4-1) no es este Boca imprevisible de 2017, más allá de la ausencia en clave de fuga dolarizada que emprendió Carlos Tevez, sentado hoy sobre los 80 palos verdes que le prometieron embolsar durante dos temporadas en el fútbol siempre mediocre y experimental de China.
Esos imprevistos instalados en Boca (y en tantos otros clubes) que abarcan varios planos son también producto de otros imprevistos que a gran escala lo trascienden. Porque luego de 10 semanas quemadas por las torpezas y los oportunismos salvajes que se fueron acumulando en las alfombras del poder, nada es igual. No podría serlo. Ni para Boca ni para el resto.
Cambian los planteles, los entrenadores, los proyectos y hasta los objetivos de mínima o de máxima que se establecieron meses atrás. Cambia, en definitiva, el mapa orientador y estratégico de cada equipo. Y si termina prevaleciendo algo en la jungla del fútbol argentino es la confusión. Por supuesto, que un día regrese el fútbol es bienvenido. Pero está muy claro que no será un regreso con gloria. Es un pasaje abierto a un destino que todos ignoran.
Por Eduardo Verona.
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