Completamente alejado de los brillos y los estruendos futbolísticos, el equipo que conduce Marcelo Gallardo reguló el partido y aunque cerca del cierre le anotaron un gol, nunca fue desbordado, y logró sin el ritmo ni las combinaciones en velocidad que lo identifican ser otra vez finalista de la Copa Libertadores

River no fue River. Y Boca fue Boca. Rara la conclusión. Pero real. Clasificó River a la final de la Copa Libertadores sin denunciar el potencial que se le reconoce al equipo que dirige Marcelo Gallardo. Porque jugó muy por debajo de lo que está en condiciones de jugar. Y en este punto hay responsabilidades de los jugadores y por supuesto del entrenador, que en esta ocasión diseñó una estrategia cautelosa e inexpresiva.

¿Qué quiso hacer River en La Bombonera? La pregunta no puede tener una respuesta certera. Porque no arrojó nada valioso la presentación de River, más allá de volver a disputar una final. Como si considerara que la serie ya estaba concluida con el 2-0 que había conquistado en el Monumental el pasado 1 de octubre. Le faltaron recursos ofensivos a River. Le faltó juego. Y le sobraron imprecisiones para armar algo que está acostumbrado a armar: una armonía colectiva para manejar la pelota y construir sociedades y combinaciones en ataque. Todo esto no sucedió.

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¿Qué quiso hacer Boca para dar vuelta una desventaja que lo obligaba a desbordar a su rival? Intentó empujar. Y empujó. Pedirle otros contenidos es desconocer e ignorar como venía rumbeado el equipo que conduce Gustavo Alfaro, hoy claramente en la cuerda floja. Es cierto, Boca ganó 1-0, pero quedarse con un triunfo que en definitiva estuvo atado a una derrota de 180 minutos, es querer ver lo que no existe.

Se sostenía en porcentajes de puntos obtenidos este Boca de Alfaro. Pero el fútbol trasciende el valor relativo de las estadísticas. Boca nunca levantó vuelo con Alfaro. Hablamos de vuelo futbolístico. En este rubro, la cosecha siempre fue muy magra. Muy insuficiente. Y nada atractiva. En los cruces de ida y vuelta ante River quedó en evidencia su perfil. Y su impotencia para interpretar lo que demandaban los dos partidos.

Boca fue Boca en La Bombonera mostrando sus limitaciones que no fueron pocas. Se agotó despachando centros. Lanzando bochazos desde el fondo para ganar en alguna pelota dividida que le permitió convertir el único gol del partido. Allí se focalizó su aporte. En esa búsqueda de un cabezazo redentor. Y nada más. No buscó otros caminos. No apeló a otras variantes. Solo el pelotazo para imponerse en las alturas. Demasiado pobre como argumento central. Y demasiado revelador de los momentos que vienen atrapando a un equipo que de manera progresiva se resignó a sostenerse en el voluntarismo y en el ímpetu.

Y no le alcanzó. Porque fue decididamente poco lo que ofreció. Habría que señalar que Alfaro nunca se caracterizó por ser un técnico muy preocupado por encontrar respuestas en ataque. El siempre fue un técnico contragolpeador. En Boca tuvo que cambiar sobre la marcha. Y no lo pudo hacer. O no lo pudo hacer bien. Terminó siendo una pieza híbrida, Boca. Una pieza sin relieves importantes. Hace algunas semanas, Carlos Tevez, después de una victoria por 2-0 frente a San Lorenzo, explicó que Boca “era un equipo molesto” para los adversarios. Y fue un brutal ejercicio de sinceramiento. No tenía letra propia el equipo. No quería protagonizar en serio. Esperaba. Como era habitual en los equipos que dirigió Alfaro.

La realidad es que salió mal la experiencia. Salió mal aunque haya empezado bien en el plano de los números iniciales conquistados. Pero en el recorrido hay que confirmar que Boca nunca evidenció una convicción firme al momento de jugar los partidos decisivos. Entraron y salieron jugadores partido tras partido. Esta política de cambios permanentes no transmitían abundancia de recursos. Por el contrario; dejaban en claro debilidades incontrastables que se fueron profundizando.

Ante River, Boca se sintió inferior en el Monumental. Y de local dejó la sensación de que nunca creyó en la posibilidad concreta de quebrar a River. Ni aún estando 1-0 arriba y faltando un cuarto de hora para el cierre. No creyó en poder capturar una inspiración repentina y fulminante. Por eso no se lo llevó por delante a River cuando era lo que se descontaba después del gol algo quinielero de Hurtado.

El telón bajó sin estridencias para Boca. Resignado. Dolorido pero resignado. Con más tristeza que bronca. Un signo de los tiempos actuales de Boca cuando enfrente tiene la camiseta de River. De este River que en La Bombonera no fue River. Conformándose con controlar el partido. Con calibrar la temperatura del partido. Y sin imponer lo que suele imponer River cuando le imprime ritmo y una velocidad y circulación agresiva a la pelota.

No jugó esa carta River. No jugó esa ficha. No fue a buscar. Esperó. Dejó pasar el tiempo. Reguló. Y se ató al 2-0 de hace tres semanas. Se subordinó a la influencia de ese 2-0 que fue definitorio. El objetivo lo logró. Está en una nueva final de Copa Libertadores. El juego se lo guardó. No entró en escena. Boca no lo puso contra la pared. Y River, sin luces y fiel a sus últimas costumbres, volvió a victimizarlo, como ya viene ocurriendo hace cinco años que para el sentimiento xeneize deben parecer cinco décadas.

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