Al borde de cumplir 32 años, el astro del Barcelona continúa repitiendo en la Selección conductas futbolísticas y anímicas que lo empujan a la decepción, como se reveló en la penosa caída 2-0 ante Colombia por la Copa América.

Es cierto, en la derrota ante Colombia la Selección fue una auténtica lágrima futbolística derramada en el vacío, pero no se puede enfocar el juego ausente de Argentina sin mencionar a Lionel Messi. Porque Messi desde hace varios años (por lo menos una década) define en altísima proporción las posibilidades del equipo nacional.

Este Messi que el 24 de junio cumplirá 32 años sigue girando en falso alrededor de su perfil inconcluso y errante con la camiseta argentina. Por eso decepciona una y otra vez, aunque sus fans que están en todos lados (también en la aldea de los periodistas) intenten protegerlo con permanentes justificaciones, que en algunos casos son atendibles. Pero no en todas.

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Nunca ha sido Messi un jugador que pueda desarrollarse en la adversidad. O que en la adversidad exprese una respuesta individual extraordinaria, capaz de resolver un partido muy complejo con un par de apariciones fuera de contexto. El siempre necesitó contar con el respaldo de una estructura colectiva sólida, firme, muy consustanciada con la idea del fútbol circular (tocar, descargar, pasar hasta encontrar la chance del uno contra uno) y con el reaseguro de un funcionamiento estupendo, como supo conquistarlo el Barcelona durante largos períodos en que Messi descolló.

Esa formidable base de sustentación futbolística que precisa para relanzarse a la aventura del desequilibrio ofensivo, en la Selección casi nunca la halló, salvo en contadísimas oportunidades. Cuando se incorpora a la Selección tiene que readaptarse a otras necesidades y a otras circunstancias del juego. Y no puede hacerlo. Le cuesta horrores dejar atrás la idea matriz que alumbró el Barça. Porque esa idea matriz lo nutrió desde que tenía 13 años y se sumó a las inferiores del club catalán luego de su paso por Newell’s.

No transitó Messi por otras experiencias desfavorables que lo hayan puesto a prueba. Su mundo fue y es el Barça. Un mundo ideal, si consideramos que junto al Santos de Pelé, al Ajax de Johan Cruyf y al Milan de Gullit, Van Basten, Rijkaard, Baresi y Maldini, forma parte de la galería de los clubes que mejor han jugado al fútbol a lo largo de la historia.

El problema es que Messi, aunque no lo diga, porque hay cosas que no se dicen, quiere jugar en la Selección como jugó en el Barcelona. Y los técnicos de la Selección quisieron replicarle ese fenómeno. La realidad indica que no pudieron. Un club tiene entre 50 y 70 partidos al año. Una Selección, de máxima juega 10 encuentros por temporada, con una docena de entrenamientos.

Messi nunca se adaptó a un escenario diferente al que encuentra en Barcelona. Por eso suele esperar la pelota a 35 o 40 metros del arco rival, mientras que la Selección frente a Colombia no podía superar la frontera del medio campo. Messi no retrocedía para colaborar. Veía que sus compañeros no podían progresar en la cancha y él seguía arriba desconectado del resto, esperando que le acercaran la pelota. Esa falta de solidaridad y compromiso efectivo para entender lo que demandaba el equipo, está relacionado con las facilidades operativas que siempre tuvo en el Barça, más allá de su magia intransferible para ser implacable en los últimos 30 metros de la cancha.

Nunca tuvo que bajar Messi en Barcelona porque la pelota la recuperaban y la monopolizaban sus compañeros. Podía estar mucho más arriba esperando y caminando la cancha hasta que se la daban al pie para inventar lo que casi nadie inventa. En la Selección está partitura no existe. Si Messi no baja y no se pone la pilcha de operario calificado, no la toca. Como pasó en el primer tiempo ante Colombia. No la tocó. Después la tocó un poquito más cuando Argentina empujó en el primer cuarto de hora del complemento, hasta que murió de contraataque.

No siente Messi otra cosa que el fútbol que practicó toda su vida en el Barça. La Selección nunca fue el Barça. Y Messi fue el mismo de siempre. No en las resoluciones. Sí en su campo visual. Por eso se frustra. Porque se ve solo, aunque no siempre esté tan solo. Porque interpreta que no lo acompañan como él quisiera que lo acompañaran. Y termina en el papel del jugador eternamente incomprendido.

Un rol de víctima que no debería seguir cobrando vigor. Messi tiene responsabilidades de las que no puede desentenderse. Si es un fenómeno como lo es, en algunos momentos de un partido duro y muy difícil, tendría que reivindicar esa calidad y fortalecer a la Selección con intervenciones determinantes. Y no esperar. O desalentarse. O perderse en la cancha como se pierden los que están desorientados.

En una vieja entrevista para la revista El Gráfico, aquel legendario capo de la mitad de cancha de River y la Selección que fue Pipo Rossi (nació en 1925 y murió en 2007), sintetizó en pocas palabras lo que es un jugador perfecto: “Además de técnica, lectura del juego y voz de mando, un jugador para ser completo tiene que mostrar una gran personalidad y temperamento. Si esto no lo tiene no es completo”.

Hablaba de liderazgos Rossi. De temple cuando la mano viene fulera. De ponerse también en el lugar del otro. De bancar al equipo con personalidad y temperamento. En las buenas y sobre todo en las malas. Esa dimensión de la gran personalidad y temperamento que redefinía el Patrón de América (así lo apodaban), es lo que a Messi en la Selección siempre se le reclamó de diferentes maneras. Algunos con más elegancia, otros con vulgaridades y descalificaciones reaccionarias y violentas.

No parece que a esta altura Messi pueda reconvertirse en lo que no es. El se hizo así. Y es así. En Barcelona siempre tiene la mesa servida. En cambio, en la Selección, la mesa tiene que servirla él. Y no puede.

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