Tres generaciones de repartidores se reunieron para contar sus vivencias en medio de los avances que llegaron de la mano con el siglo XXI y dignificar el trabajo que día a día los mantiene en la calle

Tres generaciones de carteros se reunieron para contar experiencias sobre una actividad fundamental en la comunicación del país, con la que suelen generar vínculos con los vecinos de los barrios que caminan para cumplir con la distribución de los sobres y empaques. Es que el correo resiste el avance de las nuevas tecnologías -se estima que sólo el 1% de los envíos son cartas epistolares- con la entrega de boletas de servicios, telegramas, documentos de identidad y la generación de nuevos modelos de negocios.

Hoy se festeja el Día del Cartero para homenajear al primer cartero que tuvo la ciudad de Buenos Aires. Se llamaba Bruno Ramírez y su primer trabajo fue el 14 de setiembre de 1771.

Actualmente Jorge Gabriel Albornoz (60), Adrián López (34) y Emanuel Malla (26) trabajan para el Correo Argentino y recibieron a este diario para contar cómo transcurre la actividad en la segunda década del siglo XXI

Albornoz se desempeña como cartero desde hace 30 años. "Me sigue emocionando, el trato con la gente de San Martín, que es la localidad que recorro. Pero todo ha cambiado ahora el 99% de las cartas son boletas o vencimientos de servicios", cuenta. No obstante, recuerda, con alguna lágrima entre los ojos, cuando hace años una mujer lo paraba cada día para decirle si no había llegado una carta para ella desde Europa. "La esperó mucho y cuando finalmente llegó no estaba. Así que busqué a un familiar cercano para dársela. Cuando la volví a ver, me agradeció y dijo que la anhelaba tanto porque traía una foto de su nieta. Cuando me la mostró nos emocionamos juntos", recuerda.

Aunque no participa de una actividad de riesgo, el cartero se puede encontrar con distintas situaciones complejas. Hace 7 años Jorge fue mordido por un ovejero alemán cuando se disponía a meter un sobre en un buzón domiciliario. "Me dejó la marca en la mano", muestra, sin rencor.

Adrián, en tanto, ingresó al Correo cuando se privatizó en 1999. "Es gratificante ser cartero. Siempre he trabajado en Avellaneda y uno intenta hacer honor al oficio de llevar la correspondencia a la gente. Y ganar su confianza, porque llevamos documentación importante como las cartas certificadas".

Con una sonrisa, el joven cuenta un confuso episodio ocurrido cuando voceó el clásico Carteroo! hace años. "Avisé de mi llegada y una señora salió de su casa con un cajón de sodas. Había entendido 'Sodero'", rememora.

Emanuel es uno de los dos carteros que reparte cartas en la villa 21-24 de Barracas, en el marco de una prueba piloto que, con éxito, ya lleva 14 meses. Es vecino del barrio humilde del sur de la Capital y transita por los pasillos las más de 40 manzanas. "Fue toda una novedad pero ha sido muy positivo. La primera carta que entregué fue a una mujer que siempre vivió allí y me dijo que hacía 40 años que no recibía una. Desconfiada, me miraba cómo seguía repartiendo cartas y a los pocos minutos tenía a 15 personas siguiéndome. Estaban conmocionados", relata.

Y cuenta que entrega el correo a las comunidades paraguaya y boliviana asentadas en la popular barriada. "Al principio algunos vecinos me pedían el documento y hasta el nombre de mi jefe. Pero ahora está todo bien", agrega.

Todos coinciden en que el rol del cartero muchas veces es el de ser confidente de los vecinos, escuchar sus problemas e incluso acercar propuestas laborales a los desocupados.



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