El veraneo entre pares y lejos de la mirada familiar implica enfrentarse a una serie de situaciones que pueden resultar riesgosas si el chico no ha sabido hasta entonces de autolimitación y autocuidado.
Los mayores fantasmas para los padres son el consumo de drogas, el exceso de alcohol, la velocidad, una sexualidad desordenada que los exponga a embarazos y enfermedades de transmisión sexual, una mala administración del dinero y la acción de delincuentes que se aprovechen de la vulnerabilidad e inexperiencia de los menores. Estos riesgos se pueden ver potenciados por "una sociedad que no es protectora" con este grupo "y por efecto del fenómeno de masas, bajo el cual actúan en ocasiones los adolescentes".
A esa edad los chicos "son personas que consumen bastante pero la sociedad los sigue dejando en un lugar de vulnerabilidad", explica Rosa Pappolla, pediatra especialista en adolescentes y secretaria del Comité Nacional de Adolescencia de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP). "Por caso, la venta de alcohol a menores
está prohibida pero nadie lo cumple y, al momento del exceso, aunque los vean mal les siguen vendiendo y si se descompone no llaman a los padres ni a la ambulancia, sino que los sacan a patadas", ejemplificó.
Por otro lado,
"el fenómeno de masas puede arrastrar al chico a una conducta no prevista alentada por un líder negativo", explicó Lambersky.
El mejor antídoto contra todos estos riesgos, coinciden los especialistas, es el
"diálogo fluido y franco" entre padres e hijos, que alerte, evacue dudas y fomente la confianza mutua. Igual de importante es el aprendizaje del autocuidado, la internalización de límites y del sentido de la responsabilidad.
"Mis padres me remarcan que nos cuidemos; pero yo me cuido bastante, tomo moderadamente y me doy cuenta cuando veo gente que no me cierra.
Tengo conciencia que tengo que manejarme con precaución y no tengo temor porque hablamos mucho de estos temas", acota Maiara (de 17), para quien los miedos pasaron más bien por el éxito de la convivencia.
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