El tiempo fue pasando sin demasiadas respuestas, frente a la indiferencia y la desidia de quienes debían investigar lo ocurrido.
A los pocos días de su desaparición, su familia, algunos vecinos y unos pocos que acercaban su solidaridad, comenzaron a preguntar, a modo de interpelación a una sociedad que miraba para otro lado, ¿Dónde está Luciano Arruga? El tiempo fue pasando sin demasiadas respuestas, frente a la indiferencia y la desidia de quienes debían investigar lo ocurrido. Entonces, el caso cobró cierta notoriedad y la cara de ese pibe, de 16 años, se fue transformando en un ícono de la lucha en los barrios contra el atropello policial. Ahora, cuando nos cuentan que, en realidad, fue enterrado en una fosa común de un cementerio, porque nadie reclamó su cuerpo, luego ser arrollado por un auto, falleciendo horas más tarde, cuesta creer.

Se da una explicación que puede resultar lógica, pero que no se comprende tan abarcativa que pueda encerrar un compendio de irregularidades y complicidades de ese entramado policial y judicial, tan cuestionado en el ámbito bonaerense. El sentido común indica que ante la denuncia por "averiguación de paradero" de un chico, la primera reacción es recorrer el lúgubre espinel de hospitales y morgues, si se quiere y hay voluntad. ¿Se hizo en este caso? Evidentemente, no, con el agravante de la cercanía geográfica del domicilio de los Arruga en Lomas del Mirador con el supuesto lugar del accidente y del Santojanni, en el barrio de Mataderos, de uno y otro lado de la General Paz.


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