Aquel joven que se desmayaba en los velatorios, hoy es un destacado tanatopráctico que pone su ciencia a disposición de los muertos para que los deudos enfrenten con más entereza el dolor ante la pérdida
Aunque no sea obstetra -en todo caso su profesión se ubica en las antípodas de aquella- Adrián Carunchio está atado a una guardia pasiva de 24 horas que le demanda entrar en acción en el momento que necesiten de sus servicios. Sus teléfonos celulares nunca están apagados y pueden sonar mientras comparte un almuerzo familiar, cuando está jugando en la plaza con su hija o interrumpiendole el sueño en plena madrugada. Pero ya está acostumbrado: poco más de la mitad de sus 40 años de vida ha estado atento a los designios de la muerte.
Adrián es tanatopráctico, una ocupación singular que lo tiene como a uno de sus impulsores en el país, al punto que en los 22 años de actividad que lleva en el rubro ya ha realizado unos 20 mil procedimientos de ese tipo. La tanatopraxia, vale aclarar, es el tratamiento que demora la descomposición del cadáver o, en palabras de Carunchio, "es como si fuera una transfusión al cadáver pero en lugar de hacerla con sangre, utilizando desinfectantes y conservantes".
"La tanatopraxia atenúa más la despedida; es hacer que resulte más llevadero el sufrimiento del deudo" profundizó Adrián a HISTORIAS DE VIDA en la empresa Funarg, en Martínez, donde tiene montado su ámbito de trabajo en el que prevalecen las mismas normas de bioseguridad que en un quirófano.
Si bien cuando era chico su atracción por la taxidermia que practicaba con los pajaritos que encontraba muertos plantea un indicio en perspectiva a la profesión luego elegida, de joven Adrián sentía rechazo por la escena que se tornaba frente a la muerte y el dolor que generaba. "No podía ir a los velatorios y si veía al cuerpo yacente en el ataúd, me desmayaba", reconoció quien ahora desarrolla su habilidad sobre un promedio de 120 cadáveres al mes.
Nació en Munro y tampoco hay un costado hereditario que lo llevara a abrazar la especialidad. De hecho su madre era peluquera y el papá tenía taxis en Martínez. Tampoco los estudios fueron en línea a ese horizonte porque se recibió en un colegio técnico de José León Suárez. Sin embargo, un ofrecimiento de un primo suyo que hacía un mes había empezado a trabajar en una cochería, le abrió un camino impensado.
Tiempo muerto
"¿Te animás?" fue la pregunta que le hizo Daniel, su primo. Y ahí arrancó. "Tenía 18 años y la verdad que empecé a establecer diferencias respecto a que la persona fallecida que estaba en un ataúd era un muerto, pero cuando estaba sobre la camilla, se convertía en un cuerpo en el cual podía trabajar", puntualizó. El período de adaptación apenas le demandó una semana.
Los primos Carunchio fueron por entonces los primeros en hacer tanatopraxia en el país, algo instalado en Estados Unidos, Colombia y Guatemala desde hacía muchos años. En su caso, se formó con un especialista guatemalteco hasta obtener el título de tanatopráctico y trabajó mucho tiempo junto a Alfredo Péculo, a quien define como "un innovador" en servicios mortuorios y que fue el primero en traer al país una máquina para embalsamar.
Los llamados a cualquier hora para avisarle que una nueva tanatopraxia lo espera, ya es parte de una realidad cotidiana que galvaniza a diario su experiencia. "Tantos tratamientos equivalen a las horas de vuelo de un piloto", expresó el profesional que prepara al que se va para que sufran menos los que quedan en tierra.