La noche que el hombre llegó a la Luna, el entonces chico de 13 años iniciaba en su casa de Ensenada, subyugado, un vínculo pasional con un fenómeno que no dejó de estudiar de ahí en más ni un solo momento

Los movimientos lentificados de Neil Armstrong sobre la polvorienta superficie selenita no era lo único que la noche del 20 de julio de 1969 Luis Burgos, por entonces un pibe de 13 años, miraba atento en el televisor blanco y negro de su casa de Ensenada. Si bien los pasos del hombre en la Luna conformaban una hazaña sin precedentes que le erizaba la piel, Luis no dejaba de prestar atención a lo que en un segundo plano podía aparecer en el profundo fondo oscuro que enmarcaba al astronauta y el módulo de alunizaje. La sensación que lo dominaba era que, inadvertidamente, alguna señal podía revelar algo que lo inquietaba: la necesidad de saber si otras inteligencias habitaban el universo.

Desde esa noche, hace 45 años que Burgos no dejó un día de despuntar su pasión por los ovnis o, como se los llamaba por aquellos días de expansión ufológica, los platos voladores.

En todo ese tiempo Burgos, que creó la Fundación Argentina de Ovnilogía (FAO), lleva investigadas más de 1.500 huellas atribuidas a aterrizajes de ovnis, además de haber puesto la lupa en abducciones, teletransportaciones, objetos voladores submarinos y relatos de testigos de experiencias increíbles.

"A partir del día siguiente de la llegada del hombre a la Luna empecé a recolectar datos, recortes y material favorecido por el kiosco de diarios que tenía mi padre, al que escuchaba comentar con los clientes sobre las apariciones de extraños objetos voladores que se  publicaban en diarios y revistas", narró Burgos, de 58 años, a HISTORIAS DE VIDA.

Pero si bien la aventura de la NASA definió su perfil de investigador, un extraño hecho que vivenció a los 6, junto a su madre y unos vecinos, cuando transitaba a bordo de una camioneta por un inhóspito paraje de la Ruta 11, camino al campo de unos tíos que los marcó a fuego.

"Íbamos en una camioneta y de repente, a un costado del camino, se nos apareció una figura humana vestida con una suerte de traje fosforescente que terminaba en una cola de fuego. Por supuesto que no paramos, pero para mí ese ser tenía que ver con algo extraterrestre", rememoró.

Esa fue la razón por la que Burgos siete años después buscaba detrás de Armstrong la muestra palpable de seres de otros mundos sobre los que se empeñó en una búsqueda detectivesca.

Viaje a las estrellas

Si algo tiene en claro Luis es que sus investigaciones no le han reportado ganancias económicas sino todo lo contrario, al punto que las distintas actividades comerciales que emprendió, entre ellas la de remisero, sirvieron de sustento para pagar los viajes y vigilias con los cuales seguir de cerca los casos.

Aunque se casó por primera vez muy joven y tuvo cuatro hijos, Luis nunca abandonó esa pasión que lo inspira con la misma intensidad de siempre al punto que a su segunda esposa también la hizo incursionar en su carrera para entender los ovnis.

A Burgos le falta escribir el libro que tiene pendiente en el cual volcará su razón de ser que lo concentra en torno a su rincón del universo donde impera, en su casa ahora en La Plata, con su computadora, el archivo y la biblioteca en su casa. "Es mi vida y solo espero –afirmó- que en mi último minuto, pueda saber la verdad de lo que estuve investigando". Sólo así iniciará contento su último viaje y aunque no lo dice su deseo ferviente es hacerlo en ovni.

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