Un trasplante la alivió de más de 20 años de dolor y sufrimiento a causa de una enfermedad autoinmune y hoy agradece la nueva oportunidad haciendo deporte y fomentando la donación de órganos.
Los ojos verdes de Sandra expresan una mirada melancólica que se enciende en vivacidad cuando repasa la sucesión de angustias y triunfos inevitablemente enlazados con una complicada enfermedad renal que hizo del transplante al que se sometió hace casi cinco años, el pasaporte a una vida distinta.

Sandra Pawliska
, una joven abuela de 49 años, dejó atrás con esa intervención quirúrgica más de dos décadas de sufrimiento a causa del Berger por IGA, la dolencia que le fue detectada cuando en el parto de su primer hijo, Santiago, los médicos vieron que algo andaba mal en sus riñones.

Sin embargo, hoy no hay día que esta maestra en uso de licencia no le dedique varias horas de entrenamiento al atletismo o la natación, las dos especialidades en las que participará el próximo mes junto al equipo de transplantados del plan de Salud del CENARD en el mundial de esa especialidad en Durban, Sudáfrica.

"Si bien el año pasado competí en los Juegos Argentinos para Trasplantados, éste será mi primer mundial", precisó Sandra a HISTORIAS DE VIDA, ataviada con el equipo de gimnasia con el que encara sus rutinas de entrenamiento en derredor del Hipódromo de San Isidro, que le garantiza una distancia a correr de 5.400 metros.

"Lo mío en atletismo es el medio fondo, que son 1.500 metros", advierte la mujer que hasta después del transplante realizado el 2 de diciembre de 2008 nunca había practicado deporte alguno.

Frente a ese cambio, Sandra confiesa "muchas veces pienso si mi donante acaso no ha sido una deportista que me llenó de pila", concepto que honra desde lo profundo el maravilloso gesto de donar órganos ".

Esa es también una de las razones que la llevan a preocuparse por casos como el de Renzo, al que menciona con inocultable sentimiento, o a enfatizar que "en Argentina hay siete mil pacientes que están esperando un trasplante de riñón".

Aquella intervención realizada en el Hospital Austral le puso fin a 13 meses de diálisis peritoneal que cuatro veces al día se hacía ella misma en su habitación de su casa en Beccar y le enseñó a cuidar el transplante, sobre todo cuando un hongo enquistado en un punto de la herida, casi echa por tierra la conjunción de ciencia y sacrificio.

Por segunda

Pero volvió a triunfar por más que la nueva herida reabierta todos los días para revisar con profundos isopados si el hongo había sido eliminado, terminara cerrando en lo que los términos médicos definen por segunda, con el recurso de mucha azúcar vertido sobre la lesión.

"Siempre dije menos mal que esto me pasara a mí y no a otros seres queridos porque creo estar mejor preparada espiritualmente para soportar estas cosas. Realmente -añadió- me da pánico que algo les suceda a mis hermanos o mis hijos".

"Varias veces afiné el arpa", ironizó Sandra, feliz que la vida le haya dado la oportunidad de disfrutar de su nieta Juana, de once meses, aportada por su hija Martina.

Activa y plena, Sandra no pierde la chance de abogar por la importancia de la donación de órganos y cuando toca ese tema sus ojos verdes se vuelven a encender. Es que la invade una intensa necesidad de agradecer la bendición de besar a su nieta. En su caso, una nueva victoria.

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