Desde los seis años, Marcelo Nisinman adoptó al bandoneón como su modo de expresión. Recibió consejos de Piazzolla, viajó a Europa y se convirtió en un valorado compositor e intérprete, pero sin olvidar nunca su cuna.
A fines de la década del '70 no era común encontrar muchos jóvenes que, al elegir un instrumento musical, optaran por el bandoneón. Pero mucho más extraño podía ser descubrir a un niño de seis años con un fuelle entre sus faldas, cuando en general el piano o la guitarra se llevaban todas las apuestas.

Quizás porque su hogar en Caballito fue, desde chico, un ámbito donde el arte en todas sus formas fue un hábito cotidiano, Marcelo Nisinman desarrolló desde temprano un talento para lo musical que rápidamente advirtieron Samuel, su padre, un fanático del tango instrumental, y Esther, su madre, amante de todo el arte y autora de libros sobre figuras importantes del género.

Así fue que Marcelo, quien hoy con 46 años y radicado en Suiza, se transformó en uno de los músicos y compositores con más prestigio de la música argentina, inició en su infancia un camino bastante particular, de la mano de maestros como Abelardo Alfonsín, Marcos Madrigal y posteriormente Julio Pane.

Haciendo un cuadro de situación de aquellos años, Marcelo nos cuenta que "en casa siempre había una radio sonando, hay que recordar que en los 70 y hasta los 80 todavía había muchas radios en AM donde pasaban tango, a través de programas emblemáticos, luego con la FM todo se vuelve más internacional y el tango fue perdiendo terreno".

Marcelo reconoce que "por aquella época era muy raro para un chico estudiar bandoneón, hoy es más común porque el género se revitalizó con muchos músicos jóvenes y hay muchas agrupaciones de tango".

De todas formas, tanto con los maestros que se formó como en el Conservatorio Manuel de Falla, también había un acercamiento al repertorio clásico, y en relación a esto, Marcelo comenta que "con Alfonsín y luego con Pane me familiaricé con Bach y otros compositores clásicos, esto hizo que trascendiera un poco al tango y lograra una formación más integral".

Para Marcelo, lo más habitual pasó a ser tocar en eventos en los colegios o escuelas, pero recién a los 15 años su talento lo llevó a ser convocado para integrar una orquesta juvenil que acompañaría a los cantantes que se presentaban en El Viejo Almacén, el tradicional reducto de San Telmo que fundara el gran Edmundo Rivero.

Por aquellos años, ya en los '80, para Marcelo comenzó a ser habitual codearse con figuras como Leopoldo Federico o el Sexteto Tango, y con el tiempo, se dio el placer de acompañar a "próceres" como Roberto Goyeneche, Libertad Lamarque, Susana Rinaldi, Amelita Baltar o Raúl Lavié y tocar junto a dos Osvaldos célebres: Tarantino y Berlingieri.

Tras la importancia que significó conocer a Astor Piazzolla en un casual encuentro en Punta del Este, Marcelo entendió que quería seguir un camino propio. En 1998 Nisinman partió a Europa, y tras un tiempo en París, se anotó en el Conservatorio de Basilea, en Suiza. "En esta época - afirma- logré descubrir un poco más quién era, y trabajé tanto en orquestación como en composición, con José Luis Campana, gran amigo de Astor, y con Detlev Muller-Siemens, quien me acercó a la música contemporánea".

Fueron años en los que Nisinman fue asentando su esencia más cercana a Buenos Aires, y con respecto a las distintas tendencias respecto del tango, Marcelo reflexiona que "el eco de lo que uno hace depende del contexto. Si hago un tango más moderno y de concierto, y lo presento en una milonga, donde la gente quiere bailar,el eco van a ser piedras, pero si lo hacés dentro de festivales, o conciertos es el adecuado, porque si los músicos son buenos el público reacciona bien".


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