Una vez que su hermana le enseñó a escribir, Raúl descubrió de adolescente que tenía enorme facilidad para contar la realidad en versos, rimas y recitados que le valieron, con el tiempo, premios y reconocimientos
Aún beneficiado por la soledad que lo acompaña cada noche en el garaje de Liniers donde trabaja como sereno para sumar unos pesos más a su jubilación, Raúl Benítez no logra alcanzar el estado de inspiracion ideal que le permite hacer lo que más le gusta y siente: transformar en poesía la realidad que lo rodea.
Ese placer por combinar emociones y palabras lo acompaña desde los 14 años, cuando escribió un poema a Evita conmovido por una visita que la segunda esposa de Juan Domingo Perón realizó a Henderson, la ciudad bonaerense en la que vivía por aquel entonces con su madre viuda y sus seis hermanos.
Fue gracias a que su hermana Nelly le enseñó a escribir, porque de chico no pudo ir a la escuela porque debía trabajar como lustrabotas para ayudar a mantener la familia, que Raúl comenzó a animarse intentar rimas y narraciones que con el tiempo, ya instalado en Rafael Castillo, en La Matanza, le valieron premios y distinciones a quien un día decidió adoptar como "marca" propia el aporte que le hizo un chico vendedor ambulante en un tren del Sarmiento.
Pero además de sacarle lustre a zapatos ajenos por monedas en su niñez en Henderson, el poeta de esta historia transitó otros caminos que lo llevaron a trabajar en las canteras en Tandil, llevar vacas a los tambos de Castillo, ser albañil, empleado de una cooperativa avícola en Moreno, operario en una fábrica de calzado y hasta gremialista del Sindicato de Alimentación en donde su espíritu intransigente, advierte, le generó roces que apuraron su salida de la actividad gremial.
"Mi primer poesía fue a Evita porque me impactó mucho el día que llegó a Henderson y bajó del tren con una pelota en una mano y una muñeca en la otra, lo que desató la locura de todos los chicos que estábamos ahí", relató Raúl, jubilado y de 75 años, a HISTORIAS DE VIDA.
De a poco, entre trabajo y trabajo, Benítez fue incrementando su producción y ya de joven ganó la confianza necesaria para presentarse en distintos concursos de los cuales, en uno de ellos celebrado en Vicente López, obtuvo el primer premio inaugural de lo que sería una larga serie de distinciones.
Con el paso de los años varias de sus poesías terminaron acompañando almanaques y afiches que se comercializan en quioscos y que suele rubricar con el legado de un chico que vendía estampitas en un tren que corría de Moreno a Once.
"Yo había hecho unas tarjetas con poesías para el Día de la Madre y las llevaba al centro cuando el chiquito que repartía estampitas -rememoró- me preguntó que era lo que traía conmigo. Le regalé una y el pibe -precisó- leyó la poesía y me dijo 'usted es el poeta de los humildes'".
El camino de la inspiración
Las creaciones de Benítez incluyen tres recitados sobre la muertes de Perón y Eva Duarte, que denotan el marcado perfil político que lo define, y que sueña interpretar a lo grande en La Matanza acompañado por algunos de sus diez nietos.
Mientras tanto, preocupado porque dos de sus tres hijos están hoy sin empleo, Raúl destina sus noches a cuidar el garaje de Lisandro de la Torre y Ramón Falcón. Allí, absorbido por las ocupaciones de esa changa que mantiene desde hace once años, espera cada madrugada para a la vuelta a su casa de Castillo, ver desde el colectivo qué aspecto de la realidad puede convertir en poesía.