Pese a su atracción adolescente por el heavy metal, Ezequiel Uhart descubrió un nuevo lenguaje en la lírica y el sonido porteño, y se convirtió en un exponente de la música porteña como bandoneonista y compositor.

Cuando tenía diez años, Ezequiel Uhart escuchó desde su balcón, en la ciudad de Mar del Plata, donde vivía con sus padres y sus hermanos, un sonido que le pareció extrañamente cautivante, pese a un inconfundible volumen metalero: venía del departamento de una vecina amante del heavy, que gastaba sus tardes entre riffs y acordes de Gun’s and Roses, Megadeth, Kiss y Led Zeppelin. Aunque no fue consciente en ese momento, sin dudas esta fue la primera señal de que nacía una relación que marcaría a fuego a Ezequiel con la música, que lo llevaría por distintos caminos hasta el presente, donde el metal trocó en la pasión por el tango y por su instrumento, el bandoneón.

Sobre esos primeros deslumbramientos sonoros, Ezequiel cuenta que “mi vecina tenía un aspecto bien metalero, y un día, un poco tímidamente, me animé a pedirle si no me grababa en un casete el disco “Despedazado por mil partes”, de La Renga, y ella, muy celosa de sus grabaciones, lo hizo advirtiéndome que no se lo pasara a nadie”.

A partir de allí, Ezequiel - hoy con 30 años, creador y conductor del Ezequiel Uhart Quinteto, una agrupación con dos CDs en su haber y uno tercero en preparación, y socio en el emprendimiento del bar temático Joffer’s en Almagro- comenzó un ida y vuelta con lo musical que lo hizo transitar por numerosas experiencias, desde tocar en el subte, en milongas y salas de Capital y el interior, formar parte de la Orquesta Escuela Emilio Balcarce, que conducía Néstor Marconi y hasta armar un viaje a Europa con su anterior grupo, Malo Conocido, sin más apoyo que sus propias ganas y su iniciativa para hacerlo posible.

Hijo de una docente y de un ingeniero agrónomo - razón por la cual nació en Tucumán pero a los pocos meses sus padres se establecieron en la Ciudad Feliz- Ezequiel hizo sus primeras aproximaciones instrumentales aprendiendo algunos acordes gracias a una guitarra criolla que su viejo había comprado un tiempo atrás.

“Así empecé a estudiar con un profesor de mi barrio, pero me costaba mucho, por lo que me aconsejó que me anotara en el conservatorio. Le hice caso, pero la orientación era más clásica, por entonces lo que quería era aprender canciones de rock”.

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Tras una breve pausa durante la cual se inclinó por el dibujo, ya que tuvo una seducción pasajera por el tatuaje, Ezequiel volvió a la carga con la música, y en esta ocasión empezó a sentirle más el gusto a la lógica de capacitarse, leer partituras, aprender armonía y simultáneamente, unirse a compañeros de secundaria a armar un grupo de rock.

“En noveno año del Polimodal -relata- armé mi primer banda, Profecía, ya tenía una guitarra eléctrica pero me animé a tocar el bajo. Hicimos varios recitales en lugares claves de Mar del Plata, con temas propios y covers de Hermética y V-8”.

Para entonces, ya con 15 años, Ezequiel no dejaba de ir a cuanto recital pudiera, en especial de Almafuerte y La Renga. Pero hubo un tema de la banda de Ricardo Iorio que lo sedujo especialmente, y sería una bisagra en su vida: era “Desencuentro”, el tango de Troilo y Cátulo Castillo en una versión muy particular.

Cuenta que “al principio no sabía de quien era, pero cuando investigué me dí cuenta que entre el tango y el rock había muchas cosas en común, esa onda medio oscura, de desencanto y depresión, al punto que termina “ni el tiro del final te va a salir”, y esto me atrajo mucho y a partir de ahí me interesé mucho por la lírica del tango, y descubrí que la vida de los viejos tangueros estaba llena de desengaños, aún Discépolo, con sus letras de denuncia y casi existenciales, tenía esa densidad”.

En el subte y hasta en un velorio

Aunque no es el único, Ezequiel Uhart siente que hay espacios que vale la pena ocupar para difundir lo propio. Y uno de ellos es el subte. Desde hace diez años, le regala sonidos a los pasajeros que transitan bajo tierra.

“Empezamos en 2007 - recuerda- en la estación Callao con Leda Torres, ex tecladista de mi anterior banda, y luego de hacer un par de años actuaciones en un restaurant de Plaza San Martín, con un amigo, el bajista Marcelo Rodríguez, nos propusimos retomar este tipo de incursión, y conseguimos el permiso para tocar en el andén de la estación José Hernández, en la línea D, y lo hacemos todas las mañanas”.

Además de establecer un contacto directo con la gente, que a veces les pide temas y les propone actuar en algún evento, como casamientos, cenas o cumpleaños, Ezequiel destaca anécdotas muy especiales, “como cuando una vez un hombre nos pidió si podíamos ir a tocar al velorio de un amigo muy fanático del tango. Nos pareció raro, pero lo hicimos, y terminamos todos llorando y saludando a los deudos”.

“Además de componer, también me gusta hacer letras, porque siento la necesidad de reflejar historias cotidianas, y esbozar pinturas sociales con el lenguaje de hoy, es otra forma de expresión”.

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La obra de Piazzolla, la musa inspiradora

Conocer la obra de Astor Piazzolla fue clave para Ezequiel, a partir de un acto en su colegio donde tocó una versión de “Libertango” en guitarra, y descubrir joyas como “Fuga y Misterio”, lo que encendió su deseo de comprar y aprender a tocar el bandoneón, sueño que hizo realidad a los 17 años, luego de juntar algún dinero con trabajos de verano en la playa.

“Un año después- cuenta- me vine a vivir a Buenos Aires, para estudiar en la Escuela de Música Popular de Avellaneda, me recibí de Instrumentista Superior de Bandoneón y me fui animando de a poco a la composición y a los arreglos”.

A partir de ahí, se sucedieron un paso tras otro: la colaboración con el dúo de un amigo folklorista, Sur Adentro, y la formación de la primera agrupación tanguera, el trío Malo Conocido, que luego se convirtió en quinteto, que grabaron un CD en forma independiente, con repertorio que unía lo bailable a lo más elaborado, y que realizarían en 2010 un exitoso viaje de 40 días por distintas ciudades de Europa.

Para Ezequiel, fue “una gran experiencia, no solo por lo económico y porque lo hicimos a pulmón, sino por lo humano, ya que mostró el interés que hay en distintos públicos europeos por el tango y el baile, especialmente en Turquía, Alemania, Suiza y España”.

Luego de algunas diferencias, el grupo se separó, y llevado por el deseo de armar un repertorio con material no solo clásico sino propio, formó el Ezequiel Uhart Quinteto.