Yo quiero que a la gente le guste lo que hago, y que salga bien vestida”. Desde su pequeño local de sastrería, ubicado en la calle Salguero, en Palermo, Jorge Williams marca territorio con un deseo que fue siempre un postulado de vida, desde que se inició en la hoy muy poco frecuentada profesión de sastre, y que en su misma opinión, “es un oficio que de a poco ha ido desapareciendo porque las modas cambiaron”.
Pero convencido de ser el número uno en lo suyo, este verdadero artista que hace gala de muy buen humor, y que comparte su lugar de trabajo con la diseñadora Sandra Paiz, especialista en trajes de novias, asegura que, cerca de los 75 se siente con las mismas ganas de sus épocas juveniles, pese a un trance de salud que limitó algunos de sus movimientos hace pocos años.
Jorge Williams, quien además es vicepresidente de la Asociación Argentina de la Moda, y vice de Companac Latinoamericana, se especializa en confeccionar trajes y chalecos, y desde hace muchos años tiene una clientela importante que confía en sus virtudes.
Si bien en los últimos tiempos está más dedicado a los arreglos que a la confección de trajes, Jorge exhibe en numerosos percheros de su local un tesoro que pocas veces se ha visto y que marca su estilo distintivo y su saludable “cuota de locura”, como él la define, y que se traduce en 152 trajes donde el color, el estampado más insólito que se pueda imaginar y la libertad total para elegir motivos son moneda corriente.
Asimismo, también ostenta una serie de capas, todas para consumo personal, con los más variados motivos, pero siempre considerando que deben ser coloridos, poco convencionales y alegres, para desafiar la aburrida costumbre de la ropa formal y oscura.
Pero Jorge tiene detrás suyo una larga historia, que comienza en el Sur del país. En el pueblo de Dolavon, en la provincia de Chubut, a unos 36 kilómetros de Trelew, pasó buena parte de su infancia y adolescencia, en pleno campo, ayudando a sus padres, descendientes de escoceses y galeses, cultivando frutas y verduras.
Cuando tenía 12 años, su padre se enteró por un amigo que alguien necesitaba un asistente en su sastrería. Y hasta allí fue Jorgito, a iniciar una nueva etapa, en la que por un buen tiempo pudo conciliar sus estudios en la escuela con algunas horas aprendiendo en el taller cómo hacer solapas y arreglar trajes.
Para Jorge “esto fue muy bueno para mí, porque cuando era más chico, en la escuela, la maestra me tildaba de burro porque escribía con la izquierda, y en esa época para muchos era un defecto” y aunque reconoce que el estudio le costaba, asegura que “en mi casa era el primero en ayudar a hacer las tareas y colaborar en todo con mi familia, que también integraban otros 4 hermanos, una de ellos mujer”.
Llegado a la adolescencia, Jorge se independizó y puso su propio taller. “Aprendí a hacer sacos, y luego trabajé en empresas como Suixtil y Modart, y también para una gran tienda llamada Monají”. Fue una época clave para Williams, que se casó, tuvo una hija (Yolanda Nair, hoy radicada en el Sur) y por su excesiva generosidad, al no cobrar los trabajos que hacía, se fundió.
“Yo nunca le di valor a la plata, aunque la tuve y no puedo quejarme. Por eso, con mi familia nos fuimos afuera en barco, gracias a la ayuda de un hermano, y estuve un buen tiempo en México DF, Puebla y Panamá, pero luego también crucé el océano, y me radiqué un tiempo en Madrid y otro en Barcelona, donde hice muchos amigos. Aparte, ser sastre en esos años siempre te daba la posibilidad de tener trabajo en cualquier lado”.
En los últimos años, Jorge Williams se asentó en Buenos Aires, y desarrolló una intensa actividad en distintos barrios, que se tradujo en que “antes armaba un promedio de 12 trajes por mes, luego fue bajando esa cifra, porque ya la gente no va a hacerse ropa, la compra hecha, pero no es lo mismo, porque la moda impone un estilo y de algún modo se pierde la personalidad. Pero hay que adaptarse a todo”.
Asegura que “igual me divierto, tengo una jubilación y puedo vivir con los arreglos. Hasta hace poco hasta jugaba al fútbol, pero me pegué una piña y me tengo que cuidar un poco”.
Jorge está convencido que “todos deben hacer lo que aman, aunque se equivoquen” y considera que actualmente “falta personalidad, se habla mal y se viste mal, si hasta un presidente anda sin corbata, y eso va contra la elegancia”.
Para Williams, el argentino medio “es muy clásico, en cambio en Centroamérica son menos convencionales”, y asume con dolor que “cada vez somos menos sastres, y no hay nuevos entre los jóvenes”.
152 trajes y una cantidad similar de capas
La manifestación más clara de que Jorge disfruta con su actividad, es que la define como un arte, se autodefine como un creador, y está convencido que el trabajo también puede ser alegría. Por eso desde hace varios años, se dedicó a armar los que define como “sacos con mensaje”, un abanico de prendas para su consumo personal, y cada una con características muy especiales, pero donde el color y las figuras son el elemento distintivo.
Jorge tiene en su local 152 trajes y una cantidad similar de capas. Y uno puede encontrarse con un saco hecho en plástico, que queda parado sobre una mesa, con anuncios en sus mangas, con otro que tiene cientos de imágenes de Elvis Presley.
No faltan los que tienen los colores y escudos de River y Boca, además de una capa celeste y blanca (“que puede ser la Argentina o de Racing, mi club”), un pantalón al estilo murguero, sacos a cuadros y a rayas, acompañados por corbatas y pañuelos al tono, otro con dibujos del pato Donald, y hasta una capa armada con 32 corbatas, cosidas una al lado de otra”.
Por si fuera poco, Jorge se tomó el trabajo de armar un saco que contiene 1628 etiquetas de prendas de vestir y lamenta que “hice los trámites para que me den el Guinness, pero no aceptaron porque era algo que no se podía copiar”.
Hace poco, cuenta que pintó su coche con pajaritos y flores y también que vio a Dalí en Barcelona pero no quiso molestarlo (“quizás le hubieran gustado mis trajes”).