Sobreviviente del gueto de Varsovia, la zona donde fueron confinados por los nazis miles de judíos polacos al comenzar la guerra, Eugenia Unger siente que Dios le dio la oportunidad de ser un testimonio vivo de esa cruel etapa.

El gueto de Varsovia fue implantado en el centro de la capital polaca entre octubre y noviembre de 1940, por las tropas nazis que habían ocupado Polonia. Allí fueron confinados los judíos polacos y fue campo de tránsito para las deportaciones a los campos de concentración y exterminio, Treblinka entre ellos.

Con una población estimada de 400.000 personas, un 30 % de los habitantes de Varsovia, en una superficie equivalente al 2,4 % de la misma ciudad, durante tres años, el hambre, las enfermedades y las deportaciones los redujeron a 50.000 personas.

El pasado 19 de abril se cumplieron 74 años del levantamiento de Varsovia, la insurrección de la población judía contra los nazis, que duró más de un mes y fue la resistencia civil más importante en la mayor etapa aciaga del siglo XX.

Por esto, resulta invalorable contar con el testimonio de una de las sobrevivientes de aquel espantoso episodio: Eugenia Rotsztejn Unger tiene 91 años, vive desde 1949 en la Argentina, es viuda de David Unger, combatiente polaco contra el nazismo, y la vida le dio la pequeña revancha de tener dos hijos (Leonardo y Néstor), seis nietos y tres bisnietos.

Autora de tres libros en los que relata el testimonio de lo que fue su vida, su sufrimiento y su chance de volver a creer y construir una nueva etapa, “Renacer de las cenizas”, “Holocausto, lo que el viento no borró” y “Eugenia Coraje”, hay una placa con su nombre en el Museo, y cuenta que solo una vez visitó Israel.

Portadora de una lucidez y una exactitud para recordar datos y momentos envidiables, “Yenia”, como le decían de chica, nos cuenta que “de chica vivíamos bien, con mis tres hermanos (dos varones, uno dentista y otro periodista, y otra mujer) y mis padres”, aclara que “era la más chica, y me decían en broma la Shirley Temple, por aquella actriz infantil de esa década” y señala que “mi papá era director de un matadero en la ciudad, pero la vida no era tan fácil porque había polacos muy antisemitas”.

Señala que “desde 1939 se empezó a percibir lo que terminaría ocurriendo, se sabía que en Alemania estaban persiguiendo y echando a los judíos, y muchos de ellos vinieron a Polonia, incluso mi papá albergó en casa a un padre y su hijo, de apellido Hollender, que no tenían a donde ir”.

“Al poco tiempo - recuerda- comenzó la persecución, los ataques y bombardeos, llegaron los alemanes y de a poco fueron obligando a todos los judíos a ocupar un barrio delimitado con alambres de púa, muros y portones, así que nos tuvimos que ir de nuestra casa, y recuerdo a mi mamá diciéndome que preparara una mochila con ropa, yo me quería llevar una muñeca pero no pude y nunca más la ví, racionaban los alimentos y sólo nos daban vales para pan y azúcar”.

Una vez instalados los alemanes, nombraron a Adam Czerniaków, antiguo dirigente judío, como regente de esa zona. Cuenta Eugenia que “a los dos años del gueto, este hombre fue informado que los judíos íbamos a ser trasladados a campos de concentración y exterminio, él intentó evitarlo pero no pudo, y la noche anterior al operativo se suicidó con cianuro, yo todavía recuerdo cuando pasó el carro fúnebre con sus restos”.

Para entonces, ya había judíos muertos y desaparecidos, a la hermana de Eugenia se la habían llevado, y sus hermanos y el padre pasaron a la resistencia. Yenia y su madre intentaron en vano esconderse junto a otra gente en un horno de los que se utilizaban para el pan, pero fueron descubiertos y les esperó el destino similar al de sus compatriotas.

El largo camino hacia Argentina

Luego de sobrevivir en Italia durante tres años, surgió para Eugenia y su marido la chance de viajar a Estados Unidos. Pero al mismo tiempo David tenía una prima en Argentina, y se abrió una nueva posibilidad.

Eugenia explica que “yo no quería venir, porque sabía que aquí vinieron muchos nazis, pero era una ocasión para empezar de nuevo. No fue fácil, fuimos de Italia a Francia y de ahí en barco a Brasil, un mes y medio en el Atlántico, no terminaba más”.

Al llegar a Argentina, desde Paraguay, el primer destino fue Rosario. “Y estaba con mi nene chico, sin plata ni equipaje, claro. Logré que me dejaran viajar en un transporte a Buenos Aires. Al llegar a Retiro tomé un taxi, prometiéndole que le pagaría luego, y llegué a la casa de un amigo de mi marido en Villa Crespo a las 5 de la madrugada”.

El amigo, luego de la primera sorpresa, le dio albergue, y durante un tiempo permaneció allí, mientras trabajaba en tareas domésticas y aprendía el idioma. “Seis meses después regresó David, que era químico, y empezó a trabajar, mientras yo cosía ropa a máquina.

Largos años de padecimiento y terror

Los padecimientos que sufrió Eugenia durante los años en que estuvo en varios campos de concentración fueron dignos de una ficción de terror. Desde que fue llevada al primer tren, casi desnuda, junto a su madre, de quien luego la separaron, y con quien milagrosamente pudo reencontrarse años después.

“Los guardias que nos custodiaban eran ucranianos, eslovacos, en general ex presidiarios reclutados por los nazis. Nos daban rebencazos cuando subíamos a los trenes. Estuvimos primero en Lublin, luego en Majdanek, durmiendo en galpones, con escasa comida, y haciendo trabajos con pico y pala rompiendo piedras”.

Explica que “a algunos nos dejaban para trabajar, a muchos otros directamente los mataban, y yo llegué a pesar 28 kilos” mientras relata que “luego vino la llamada marcha de la muerte, cientos de kilómetros caminando hasta Auschwitz, la mayoría morían en el camino”. Comenta que “allí estuvimos un año y medio con trabajos forzados, a veces veíamos a Hess o a Eichmann que decidían sobre la vida de cada uno en una ruleta rusa” y luego atravesaron otros tres campos de concentración, ya en Alemania. Hasta que casi al final de la guerra, con una amiga, lograron engañar a los soldados, y aprovechando que estaban adelante en una caminata, se escaparon por un costado sin ser vistas y permanecieron en un establo escondidas, hasta que las encontraron los rusos, y pudo regresar a Polonia, y de ahí, meses después, a Italia, donde la aguardaba una nueva etapa.

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