Cuando era chico, y llegaba el Día del Niño, Rubén Robledo recorría casi 20 kilómetros para ir de su pueblo, Manantiales, en Corrientes, por caminos de tierra, a la ciudad más cercana, Mburucuyá, bautizada por algunos como la patria del Chamamé, junto a un grupo de amigos. El objetivo era participar en los festejos de ese día y lograr llevarse al menos algún juguete, alimento o una zapatilla de regalo. Pocas veces lo conseguían y volvían a su casa apesadumbrados, descalzos y cansados.
Estas vivencias, que de algún modo marcaron y forjaron su carácter, fueron fundamentales en la decisión que, ya más maduro, tomó Rubén, ya viviendo en Buenos Aires: tratar de ir a su pueblo todos los Días del Niño, y llevarle todo lo que pudiera a esos chicos que, como él, seguían alentando la esperanza de celebrar su día y recibir también su regalo, por más humilde que fuera.
Rubén Robledo tiene hoy 37 años, vive en Lanús Oeste junto a su mujer Liz, de origen paraguayo, y con tres hijos, de 14 y 10 los varones y de 3 la nena. Pueden vivir dignamente aunque con modestia, y Rubén es propietario junto a un socio de la pizzería El Padrino, en el barrio de San Cristóbal.
Podría ser una historia más de una pareja de trabajadores que luchan por progresar y mantener sus sueños, pero la de Rubén - acompañado en cada paso por la impetuosa y voluntariosa Liz- tiene el valor agregado de no olvidarse de sus orígenes y de tratar de paliar en parte lo que él no tuvo en su infancia, para con quienes lo siguen.
Su historia comienza en aquella primera infancia, donde a la par que hacía la primaria ayudaba en tareas de chacra a su abuela, sembrando verduras y alimentando gallinas, mientras su madre había emigrado a Buenos Aires para conseguir un trabajo digno. “Teníamos muchas carencias - señala- en un pueblo como Manantiales, donde casi nadie tenía ni bicicleta y algunos se trasladaban a caballo o en camionetas”.
Cuenta que “todos los años se preparaba en Mburucuyá, la fiesta del Día del Niño, éramos seis hermanos y sobrevivíamos con lo posible, y a veces mamá mandaba algo de dinero obtenido de su trabajo. Por eso ahí íbamos, con el deseo de conseguir un calzado, una ropa o un juguete, pero como había muchos chicos y pocos regalos, casi siempre nos volvíamos sin nada”.
Recién a los 14 años, cuando terminó la primaria, Rubén tuvo sus primeras zapatillas, que le regaló una amiga, y relata que “me costaba mucho el estudio, y tenía que trabajar. Así, le pedí a mi abuela que me trajera a Buenos Aires, donde un tío tenía un restaurant y bar en Barracas, y empecé a trabajar con él”.
La primera vez que Rubén volvió a su pueblo fue a los 17 años, y las reuniones las hacía en casa de familiares o conocidos, donde citaban a los chicos y sus padres, y “hacíamos rifas por una tele o un equipo de música, llevaba caramelos y golosinas”.
De allí en más, fueron 20 años en los que Rubén volvió a su pueblo todos los Días del Niño. Con ayuda de Liz, Rubén preparó una página en FB, y recibieron ayuda de distintas formas, como la de una señora amiga que tiene un programa de chamamé en la radio, clienta del local, y que propuso hacer una peña para recaudar fondos y comprar cosas para llevar.
Su compañera Liz agrega que “cuando él me comentó lo que hacía, yo trabajaba en un local de ropa, y como había un baúl lleno de ojotas para liquidar, le dije a mi jefe si no me las vendía, lo convencí, y eran como 400. Las llevamos allá y las repartimos, era hermoso ver la alegría de los pibes”.
“Todos nos ayudaron mucho”
La situación social en Manantiales no escapa a la de muchos pueblos donde el avance tarda en llegar. Rubén señala que “no ha habido grandes cambios, hay mucha gente que vive de lo que cosecha, y en general el clima es complicado, tanto con mucho calor como cuando hace frío”.
Su esposa Liz completa que “muchos chicos siguen estando descalzos, el último año cuando fuimos, en lo de mi suegra revolvimos bolsos y buscamos ropa para los chicos, para que pudieran ir al festejo”.
Rubén comenta que “nunca tuvimos contacto con las autoridades, en general preferimos estar al margen, para evitar tener compromisos” y relata que “cuando empezamos con esto, muchos creían que queríamos hacer política, la gente llamaba a la radio y los diarios nos hacían notas, pensaban cualquier cosa, luego se dieron cuenta de nuestras intenciones y nos ayudaron mucho”.
Sin olvidar sus orígenes, Rubén cuenta que “por suerte tener la pizzería nos ayudó mucho” detalla que “me la vendió mi tío hace varios años, y la compré con un amigo gracias a algunos préstamos”.
Todos los años, cuando se organizan las peñas para juntar fondos y elementos para llevar, Liz y Rubén tienen una tarea ardua, preparando pastelitos, empanadas, y organizando el evento hasta con aportes de artistas que van a cantar. “Con la recaudación- remarca Rubén - compramos unos 600 juguetes, más los pedidos de donaciones que hago por internet y agrega que “en general, todo es útil para llevar a Corrientes: golosinas, zapatillas, guardapolvos, útiles, juguetes”. La previa tiene algunos pasos necesarios: mandar encomiendas con ropa desde Retiro, que allá recibe la madre de Rubén o algún familiar. Comenta que “hasta hace un tiempo nos ayudaba un gran amigo fotógrafo, que por desgracia falleció, pero estaba muy involucrado en todo lo que hacíamos”.
Detalla que en Manantiales las reuniones se hacen en el mismo colegio donde estudió Rubén, la escuela 424, y en otras dos de la zona, y la jornada se llena de gente. Según comentan “han llegado a ir más de 500 personas, entre chicos, padres y vecinos”. Hacemos pizzas, choripanes, desayunos y meriendas, repartimos bebidas, se hacen juegos y hasta números musicales, una vez llevamos magos solidarios y lo principal, les damos los juguetes uno por uno, para que nadie se quede sin nada”. Rubén comenta que la próxima peña se realizará el 25 de mayo en la Sociedad de fomento Villa Maipú, en Itatí 1025, Banfield, a partir de las 11, a cuatro cuadras de Camino Negro. Habrá música, baile, locro y empanadas.