Miguel brega en la vida para alcanzar definiciones en torno a ese detalle registral y que se extiende a otro costado, el de saber si al día de hoy sobrevive algunos de sus padres a los que nunca conoció y si tiene hermanos, sobrinos o primos.
Un papel en el que figuraba su nombre y apellido operó como una fría e incompleta partida de nacimiento clandestina cuando alguien lo dejó, siendo un bebé, en el hospital Pirovano, aparentemente en el otoño de 1946. De allí en más la vida se le tornó difícil por lo que al no encontrar una familia adoptiva que lo acogiera, inició un tránsito en centros de minoridad y parroquias.
No es grato el recuerdo que Urien tiene de su paso por cuatro hogares de menores durante su niñez y adolescencia, donde a causa de una sucesión de experiencias atroces aprendió a aborrecer la palabra sumiso, quizás por haber sido detonante del daño irreparable sufrido por su sexualidad.
"También estuve en varias parroquias pero no tuve la suerte que alguna familia me adoptara ya que yo nunca pude dar con la mía, razón por la cual siempre me faltó afecto" afirmó Miguel a HISTORIAS DE VIDA.
La hermana Silvestre, una monja que hasta que se fue a vivir a Italia corporizó a un ángel protector que aliviaba las penurias de Miguel, significó mucho en su historia en tiempos en que, resaltó, "yo era malo y resentido".
"Me peleaba con mi propia sombra, estaba enojado y si bien me hubiera gustado ser perfecto, estuve muy lejos de serlo por lo mucho que sufrí", narró quien empezó a ver un lado más optimista de la vida cuando un trabajo le permitió, como dice, "civilizarme".
"En la petrolera Bridas trabajé quince años y la pasé muy bien. Era el primero en llegar a la oficina y el último en irme porque como no tenía familia, allí me sentía acompañado y querido", aclaró.
Entre sus triunfos, Miguel destaca haberle ganado a la irracionalidad, sentir que podía querer y descubrir que tenía magnetismo sobre los chicos con los cuales y junto a sus padres, organizó centenares de fiestas a las que le aportaba su inventiva para crear juegos.
El Miñon negro de Saavedra"Por mi color de piel puedo decir que soy una especie de Miñon negro", señala el Miguel de la risa franca, bonachón y sensible, el que le gusta contar chistes y que tiene como ídolo al humorista Rolo Villar.
El barrio de Saavedra es desde 1961 su lugar en el mundo. Ya jubilado, allí colabora en la pinturería de un amigo del alma y habita como desde que se emancipó, en una pieza de pensión. En ese reducido ámbito no deja de soñar cada noche en que algún día encontrará el vínculo familiar que le permita conocer su origen.
"¿Mirá si tengo hermanos y sobrinos y sigo sin saberlo? ¿Quién me dio el apellido? ¿Por qué me abandonaron?" se pregunta una y otra vez este hombre de fe que espera, ahora rodeado del afecto de sus amigos, que se dilucide el misterio. Hasta entonces, seguirá con la única certeza que ha tenido de parte de la hermana Silvestre cuando la religiosa, al regalarle una medallita, le dijo: "Miguel, no sufras. La Virgencita es tu mamá y Dios, tu papá".
Miguel se jacta de ser el hombre de las siete muertes que no fueron, porque si le faltaran situaciones traumáticas en su vida, por las distintas circunstancias en que miró de frente a la parca.
Un impresionante accidente de tránsito en Retiro cuando quedó apretado entre el estribo de un colectivo y el lateral de otro, lo postró por meses hasta que superó la fractura del coxis que padeció.
Urien pasó otro mal momento en 2009 a causa de una pancreatitis que lo puso en una situación de riesgo extremo.
En el Hogar Martín Rodríguez, donde transitó parte de su triste infancia, un baldazo inoportuno contra una instalación eléctrica al limpiar el baño, casi lo mata.
Pero hay más. En la pinturería de su amigo del alma Rolando Minuto, un delincuente al que detectó cuando estaba por robar el local, le disparó dos veces sin que en ningún caso la bala saliera.
En una pensión donde vivió, los vecinos lo rescataron inconsciente de las garras de un escape de monóxido de carbono.
Un momento complicado en el mar y una disputa con un compañero de trabajo en la curtiembre que terminó con una agresión a cuchillazos de la que salió indemne, completan el cuadro.
Para Miguel, la única manera de entender su capacidad de sobrevivir a todo es, como afirma emocionado, "porque Dios todavía me quiere acá".