Lo que en principio iban a ser unas vacaciones distintas, se convirtieron para un profesor de literatura en una excursión en moto a lo profundo del continente en la que aprendió a aventar miedos y a valorar la solidaridad
El 3 de enero del año pasado, Pablo Pelloni le dio ignición a su moto Custom 250 para emprender unas vacaciones diferentes: unir General Roca, Río Negro, la ciudad en la que reside, con Machu Picchu, en Perú, en una travesía a compartir con un amigo también motoquero. Pero el viaje que iba a tener 30 días de duración, se extendió por once meses en un formidable recorrido de 22.800 kilómetros que le aportaron aventuras, experiencias y enseñanzas como las que tantos libros, de un modo menos trajinado por cierto, le habían brindado durante su formación como profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras en la UBA.

A poco de cumplir un año del inicio de la excursión y a algo más de un mes de poner punto final al periplo, Pablo, de 31 años, aseguró a HISTORIAS DE VIDA que 'volver fue más difícil de que lo que esperaba, dicho esto porque hoy me cuesta empezar un día sin tener que proyectar distancias y recorridos para llegar a mi próximo destino, tal como lo hacía durante el viaje'.

'Ocurre que es muy rara la sensación de despertarse con un viaje terminado, sobre todo cuando el que yo hice me obligó a hacer un cambio total respecto a la vida que tenía pensada', afirmó quien al llegar al Valle Sagrado incaico, la primera meta que se había impuesto junto a su amigo Federico Ascarriaga, renunció por teléfono a la escuela en la que trabajaba en Roca como profesor de Literatura.

La génesis del viaje de Pablo en la Chinoleta, tal el simpático nombre que reciben las motos como la que utilizó, reside en un ADN familiar que vincula a sus padres y dos hermanos: el placer por recorrer distancias, conocer lugares y hacerlo lo más cerca de la naturaleza posible donde los campings y la casa rodante fueron epicentro de varias vacaciones compartidas en su niñez y adolescencia.

En Medellín fue Gardel

Si bien el viaje de Pablo coincidió con el final de una relación que lo llevó a pensar que era el momento para poner distancia en todo sentido, un vínculo sentimental que se extendió tres meses durante su pasaje por Medellín por poco lo deja aquerenciado en ese país. Pero decidió continuar hacia el próximo destino conociendo otros motoqueros, nuevos caminos y personajes singulares que revalorizaron el concepto solidaridad, como las comunidades aborígenes que, aunque cautelosas, siempre le dieron una mano o la mujer que le facilitó para pernoctar una casa deshabitada en Caucasia, un pueblo colombiano donde un piquete minero había cortado la ruta.

'Otra de las cosas que aprendí fue a romper la barrera del miedo de andar solo, porque me parece que los temores están acá', enfatizó, lejos de los caminos que lo llevaron por el continente.

La travesía de Pablo unió General Roca, Córdoba, Catamarca, Jujuy, Atacama, Calama, Tacna, Puno, Cuzco, Máncora, Bogotá, Medellín, Cartagena, Santa Marta, Maracaibo, Mérida, Caracas, Manaos, Trinidad, Santa Cruz de la Sierra, Yacuiba, Tucumán y la casa de sus padres, en Adrogué.

Hoy, Pablo está seguro que no es la misma persona que en enero pasado arrancó hacia la aventura y que pronto volcará en el papel todas sus experiencias. ¿Será en su diario de Chinoleta? "Por qué no", responde, ya proyectado a un nuevo desafío que le permita acceder a otro hito en ese gran viaje que es la vida misma.

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