Hombre de pocas palabras, Juancito aprovecha el tiempo libre del mediodía en La Unión, Ezeiza, para emprolijarse el cabello en la peluquería emblemática del barrio, la que José Bassani, coiffieur dispuesto a universalizarse como Pepino, abrió hace 55 años.
El local es un ámbito singular tanto por su simpleza como por la impronta que le pone Pepino a su rol de peluquero, con el que ya le ha cortado el cabello a cinco generaciones desde que Cosme, su padre, destinó un piecita de la casa que levantó con sus manos en 1952, dos años antes que su famillia, José incluido, lo siguiera en su aventura argentina desde Chietti, en Pescara, el pueblo donde habitaban.
Pepino, dueño de vitales 73 años, apura el corte de Juancito mientras repasa recuerdos y anécdotas plenas de vivacidad que rematan en bromas y chistes que su clientela valora.
"Mi padre, como todo italiano, se había propuesto que aprendiera un oficio que garantizara mi sustento para el mañana. Y así empecé, primero como aprendiz en una peluquería de Monte Grande y más tarde, después de haber trabajado poco tiempo en una maderera, en un local de una galería de Lomas de Zamora", relató a HISTORIAS DE VIDA:
En realidad, en la decisión de encaminarse como fígaro mucho gravitó un tío segundo que allá por 1955 ya se había retirado del oficio. Después fue don Cosme el que como quedó dicho le dio un espacio en la casa familiar para que atendiera cuando llegaba de trabajar de la peluquería de Lomas, pero desde 1959 y hasta ahora, tiene local propio en la esquina de Los Pinos y Doctor Agote.
"Cuando todo esto era campo, acá venían a cortarse el pelo paisanos en carros y caballos" apuntó quien se define un enamorado de la esquina en la que construyó su porvenir, al punto que nunca quiso volver a Italia. "Estoy tan afincado, que si me levantan del piso las raíces se me vienen pegadas a la suela de los zapatos", detalló.
Orejas cortadas
Mientras apura el corte de su cliente, Pepino dispara que "el peluquero que alguna vez no cortó una oreja, no es realmente un peluquero", afirmación que llevó a Juancito, inquieto, a concentrar su mirada en el peluquero reflejado en el espejo ubicado frente al sillón.
Con una vida más relajada que le permite ir a la cancha los lunes de franco para ver a Tristán Suárez e, incluso, practicar otro de sus deportes preferidos, el golf, palabra que de pronto hace hoyo en uno en lo profundo de su memoria.
"Los primeros pesitos que arrimé a la casa de mis viejos cuando era pibe todavía y recién habíamos llegado de Italia, fueron los que ganaba como caddie en el club Lomas", señaló, donde tenía dos clientes a los que les llevaba los palos los jueves, sábados y domingos.
Confeso fanático de Osvaldo Pugliese, al punto de seguirlo de joven en todas sus presentaciones, Pepino da lugar en su peluquería a que los interesados en donar textos para la Biblioteca de La Unión dejen allí los libros que ya leyeron.
"Antes trabajaba sin horario pero ahora cada vez más miro el reloj", dice, para plantar otro de sus preceptos: " A los pelados les hago mucho ruido con la tijera para que piensen que tienen más pelo". Juancito, que justo se levantaba para pagar satisfecho por el corte, se siente aludido. Es que no sólo es hombre de pocas palabras; también de poco pelo.