Las autoridades movilizan imponentes recursos para esclarecer los atentados que dejaron al menos tres muertos, entre ellos un niño de ocho años, y más de 140 heridos, 17 en estado crítico.
Hasta el momento, no hay detenidos ni sospechosos y las autoridades no se atrevieron, al menos oficialmente, a calificar el suceso de "ataque terrorista", aunque todo indica que las explosiones son la expresión indudable de un "acto de terror".
Barack Obama, en un mensaje ayer desde la Casa Blanca, se limitó a prometer a la nación que "todo el peso de la justicia" caerá sobre los responsables, pero admitió que el Gobierno no sabía quién había sido ni por qué había ocurrido.
El FBI asumió la dirección de las pesquisas, en las que también participan otras agencias federales como la Oficina para el Alcohol, el Tabaco, las Armas de fuego y Explosivos (ATF) y el Departamento de Seguridad Nacional, así como la Guardia Nacional y las policías estatal y local.
El papel protagonista del FBI confirmaría, según los observadores, que las autoridades siguen la pista de un acto criminal de naturaleza terrorista, aunque podría ser de origen tanto interior como exterior.
Según las primeras averiguaciones, las bombas utilizadas fueron pequeños artefactos de fabricación casera, pero mientras no se determine el tipo de explosivo utilizado no se dilucidará si el ataque fue obra de algún individuo o grupo autóctono o de una organización extranjera.
En sus primeras comparecencias ante los medios, la Policía de Boston indicó que no se habían recibido amenazas ni advertencias previas a las mortíferas explosiones.
Los atentados se producen en un momento en el que los estadounidenses están inmersos en un apasionado debate sobre el control de las armas de fuego, tras la matanza ocurrida a mediados de diciembre en la escuela elemental de Newtown, Connecticut, en la que perecieron una veintena de niños y varios de sus profesores, acribillados a balazos por un joven desequilibrado que terminaría suicidándose.
EEUU no había visto escenas como las de Boston, cuerpos ensangrentados, miembros desgarrados y expresiones de aturdimiento y dolor, desde los atentados perpetrados por Al Qaeda el 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington.
Pero el origen de las bombas de Boston podría estar mucho más cerca.
En una carta dirigida al Secretario de Justicia, Eric Holder, el mes pasado, el Southern Poverty Law Center alertaba de que, como en el período anterior al atentado de Oklahoma, se asiste a una multiplicación de las amenazas por parte de estos grupos que temen que el Gobierno acabe arrebatándoles sus armas.
Por estas mismas fechas, un 19 de abril de 1995, un terrorista americano, Timothy McVeigh, hacía estallar un camión bomba ante un edificio federal en la ciudad de Oklahoma y acababa con la vida de 168 personas.
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