"No sé lo que falló, ni siquiera sé si falló algo. Solo sé que no guardo rencor ni reproches", dijo Teresa Romero en el hospital Carlos III tras confesar que "me veía morir" y que ahora se encuentra "muy débil'.
Romero estuvo ingresada desde el 6 de octubre tras ser contagiada por el misionero español Manuel García Viejo, repatriado desde Africa y a quien atendió en el hospital tras prestarse voluntaria hasta su fallecimiento, el 26 de septiembre.
La técnico de enfermería, de 44 años, la primera persona que se contagió de ébola fuera de Africa, fue dada de alta ayer por los médicos, quienes dijeron que necesitará tiempo para conseguir "la recuperación integral".
Ella y su esposo no podrán volver a su vivienda hasta el día 11, cuando concluirán las tareas de descontaminación iniciadas el pasado viernes. Leyendo un comunicado a la prensa la enfermera dijo que está disponible a que su enfermedad "sirva para encontrar una vacuna y mi sangre para curar a otras personas, hasta quedarme seca'.
Romero subrayó que su curación demostró que "tenemos la mejor sanidad del mundo y profesionales abnegados pese a la nefasta dirección política".
La enfermera criticó en su comunicado que fuera sacrificado su perro Excalibur por orden de las autoridades sanitarias: "No era necesario sacrificar al perro, ni siquiera se comprobó que estuviera afectado", leyó su esposo, Javier Limón, señalando que se ha perdido una oportunidad para los científicos.
"A nadie le importó lo relevante que era un animal para una familia como nosotros, que no tenía hijos", remachó.
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