La semana pasada se cumplieron 82 años de uno de los crímenes más aberrantes ocurridos en la historia policial argentina, el que fue perpetrado por un anciano nutriero que además de violar, asesinar y descuartizar a un chico de 11 años, comió sus vísceras aparentemente guiado por los dictados de una mente enferma o dominada por fuerzas oscuras.
El caso se resume en la historia del “caníbal del Paraná”, el mote atroz que se ganó Aparicio Garay, un brasileño que se dedicaba a la caza de nutrias y vivía en una tapera en un islote situado sobre el río mencionado, a la altura de la localidad santafesina de Cayastá.
En ese mismo lugar, que en enero de 2016 fue epicentro de la detención de los hermanos Cristian y Martín Lanatta, y Víctor Schillacci, cuando huían de la Justicia tras haberse fugado de la cárcel de máxima seguridad de General Alvear donde estaban detenidos por el triple crimen de General Rodríguez, Garay se acercó el 19 de enero de 1936 a un chico que jugaba en la orilla del Paraná con sus amigos.
Eusebio Lugones, de 11 años, tomó la peor de las decisiones: subir al bote con el cual Garay lo cruzó al islote donde vivía en una tapera para allí someterlo primero a sus más bajos instintos y después, asesinarlo para proceder más tarde a desmembrar su cuerpo del cual se alimentó.
En un principio, la policía santafesina dio por ahogado en el río y recién en mayo de aquel año, como el cuerpo seguía sin ser hallado, decidió profundizar la investigación por lo que a fines de mes llegó al paraje habitado por Garay, el islote Racine, donde la comitiva policial se topó con el horror.
Las vísceras de Eusebio, o lo que quedaban de ellas, todavía colgaban de alambres que sostenían un par de palos, dos damajuanas grandes contenían grasa del cuerpo de la víctima y la sangre seca todavía prevalecía sobre las plantas donde el niño fue descuartizado.