Aquel que nunca se preguntó aunque sea una vez quién está dentro del disfraz de Barney o del Hombre Araña o de Mickey Mouse no tuvo infancia. Ni adolescencia. Tampoco adultez. Y si nunca se lo preguntó y justo ahora le vino la curiosidad, debería leer Los Casquivanos, de Nicolás Hochman (La Letra M).
Por supuesto que Los Casquivanos no es un tratado sobre quiénes son los que se calzan un traje violeta, se suben a un trencito y bailan al ritmo de un reggaeton. Pero sí es una grotesca y divertida historia que logra reflejar cómo un puñado de personajes caminan (a veces trotan, y otras, corren) por una cornisa cada vez más angosta.
La acción que enlaza las historias de estas personas es el choque de esa camioneta devenida en tren con otra de iguales características, que deriva en una feroz pelea entre conductores, pasajeros y ¡hasta muñecos! en plena calle marplatense. Lo que el lector desconoce (pero lo sabrá pronto, no teman: no se viene un spoiler) es que esos personajes presencian la colisión en un momento particular de sus vidas, en el que, por diferentes motivos, éstas comienzan a implosionar.
Así, la metáfora se completará al final, cuando todas las historias estén desfloradas y nos demuestren que, como en ese tren de la falsa alegría, vagabundean sin un rumbo definido.
Cada capítulo de la novela (ocho, en total) tiene como protagonista a uno de estos personajes y la manera que elige Hochman de desnudarlos es (y tal vez sea esa manera uno de los atractivos del texto) siempre distinta. La primera persona, la tercera y la tercera omnisciente, un intercambio epistolar y un diario íntimo, entre otros, van armando el rompecabezas que nos propone el autor. En cada uno de esos deshuaces, uno cae en la tentación de creer que en realidad es ese el protagonista de la historia. Pero, no. Ninguno es más relevante que otro (aunque el lector tenga la libertad de elegir su preferido). Y tampoco lo es ninguna de las historias, con las que el autor bien podría escribir una novela (bueno, o un cuento) autónomo e igual de fresco.
Viajar en Los casquivanos (tal el nombre del tren de la falsa alegría) con la simplona expectativa de recorrer Mar del Plata con un muñeco de felpa al lado, puede ser (efectivamente lo será) un embole. Pero si una mala maniobra del conductor deriva en un choque inocente, habrá que estar atentos y observar. Porque la mediocridad puede transformarse, pronto, en un chapuzón impensado en nuestras propias miserias.