Antiquísima frase que tanto significa inculpar a una persona inocente, cuanto hacer que alguien cargue con una comisión o un trabajo que otros rechazan. Entre los numerosos hechos que le dieron lugar, figuran las crónicas del historiador Tucídides, quien fue testigo de las guerras que libraron Atenas y Esparta durante más de un cuarto de siglo. Al describir la terrible peste que diezmó a la población de Atenas durante esas luchas, Tucídides cuenta que los ciudadanos que morían a causa de ella debían ser llevados a una gran pira para su incineración. El traslado suponía un grave peligro de contagio para los deudos, por eso muchos se deshacían del cadáver arrojándolo por la noche al terreno del vecino. A un recurso semejante se echaba mano durante la Edad Media en España cuando en un pueblo aparecía algún desconocido asesinado por los salteadores de caminos. Para sustraerse de las penalidades que en tales casos imponía la Corona (inhumación, misa y a veces multa), el muerto era tirado secretamente a otro pueblo. Aunque eso ya no se hace, la frase sigue vigente como metáfora de endilgar las cargas y las culpas propias a un tercero.

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