Cuando una persona parece estar a punto de alcanzar algo muy deseado y no logra obtenerlo, la situación suele compararse con el suplicio de Tántalo. Este era hijo de Zeus y de una ninfa, y por tal motivo compartía los banquetes que su padre presidía en el Olimpo. Allí, junto a los otros dioses, Tántalo tenía el privilegio de beber el néctar y otros manjares reservados exclusivamente para ellos. Sin embargo, por querer ostentar de esa posibilidad, cometió una grave imprudencia. Robó parte de esos manjares y se los dio a probar a los mortales. Como castigo, Zeus lo condenó a permanecer sumergido en uno de los ríos del infierno con el agua hasta la barbilla. Cada vez que se inclinaba a beber, las aguas bajaban de nivel. Además, sobre su cabeza colgaba una rama cargada de fruta, pero cuando intentaba acercar el brazo, el viento se la alejaba. El suplicio de Tántalo hoy se simboliza de distintas formas: a través de las postergaciones repetidas, mediante los trámites interminables y en las penas y esperanzas puestas en los emprendimientos que nunca dan sus frutos.