Dentro de la constelación de azares y de destrezas que pueblan los ocios de los argentinos, se destaca con sus sabrosas alternativas el viejo juego del truco, heredero feliz de las suertes y lances de añejos juegos españoles e hijo afortunado de nuestra plasticidad adaptadora. Desde hace muchos años el truco se ha paseado entre almacenes y boliches populares, con la picardía que le dieron los gauchos y orilleros memorables. Grandes artistas han ilustrado sus incidencias. Hilario Ascasubi lo hizo en El Truquiflor, en el bullicio de las partidas: “... juego en el que eran capaces de asustar al ‘mesmo diablo’ con los gritos que se daban al calentarse trucando o al echarse un contraflor”. Y Jorge Luis Borges dice: “Cuarenta naipes quieren desplazar la vida. En las manos cruje el mazo nuevo o se traba el viejo; morondangas de cartón que se animarán, un as de espadas que será omnipotente como don Juan Manuel, caballitos panzones de donde copió los suyos Velázquez. El tallador baraja esas pinturitas. La trucada se arma; los jugadores, acriollados de golpe, se aligeran del yo habitual”.