Este dicho que habitualmente se utiliza en forma irónica para resaltar tanto el precio como la calidad exagerada de alguna cosa, se originó en la guerra de la Reconquista en España, cuando un grupo de caballeros de Jerez incursionaron en la ciudad de Ronda y lograron capturar a medio centenar de moros de jerarquía. Entre ellos se encontraba el Alcalde Abdalá y su sobrino Hamet. El alcalde fue rescatado a cambio de una importante suma de dinero, pero no sucedió lo mismo con el resto, ni siquiera con su sobrino, a pesar de los requerimientos firmes del rey Juan II de Castilla. Los caballeros de Jerez, y en especial la esposa de uno de ellos, exigían cien doblas para liberar al sobrino del alcalde. El pueblo, enterado de toda la negociación, comenzó a formular la frase haciendo referencia a la decisión del rey, por la que se lo acusaba de querer quedarse con “el oro y el moro”.