El tacho a que alude esta frase popular es un tacho con historia. En su “Nuevo Diccionario del Lunfardo”, José Gobello lo define así: “Caldera de gran tamaño utilizada en los mataderos primitivos para obtener sebo, mediante desechos de reses y trozos de caballos inservibles que se hacían hervir”. Por su parte, León Tenenbaum, en su libro Olores de Buenos Aires, corrobora y amplía esa explicación. Describe las graserías y cómo era recolectada esa materia prima maloliente en las quemas y entre los residuos de las carnicerías. De allí era llevada a un gran tacho en ebullición donde se fundía. El sebo enfriado se enviaba a las jabonerías para fabricar con él un jabón muy ordinario, el jabón amarillo. De los mataderos de principios del siglo pasado ha quedado la frase “Se fue al tacho”, que resume tanto un amor que fracasa, como una quiebra o un dato que no se dio en el hipódromo. Expresión muy porteña y con mucho de mala fortuna. Definitiva y contundente como un epitafio.

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