El 2 de agosto de 1876 fue asesinado el pistolero Wild Bill Hickok, una de las leyendas más famosas del lejano Oeste norteamericano, y con su muerte inmortalizó una partida en el juego de poker. Explorador del ejército y experto tirador, William Hickok logró fama como pistolero a sueldo contratado por el gobierno para “limpiar” pueblos en manos de forajidos. En aquel ambiente tosco, Hickok vestía como un dandy. Elegía trajes de corte europeo, con solapas de satén y corbatas de seda, y usaba el pelo largo y enrulado. Jamás salía sin sus dos revólveres y tampoco se perdía una mano de poker. Su buena fortuna terminó en 1871, cuando era sheriff de Abilene. Hacía un tiempo que no veía muy bien y le habían recetado anteojos, pero por orgullo -o por vanidad- siempre se negaba a usarlos. Una noche, mientras estaba jugando en el salón, una banda de ladrones de ganado quiso asaltar una tienda. Salió apresuradamente y en medio de la oscuridad y disparó a los forajidos, aunque mató a un parroquiano y a su propio ayudante. Allí comenzó su debacle. Fue destituido y se unió por un tiempo al circo de Búfalo Bill, también fue detenido varias veces por vagancia. El 2 de agosto de 1876, mientras jugaba poker en una cantina de Dakota, entró un joven en busca de fama y le disparó a la cabeza. Wild Bill conservó en sus manos las cartas. Tenía pares dobles de ases y ochos. Desde ese día, esta jugada se conoce como “la mano del hombre muerto”.

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