Esta frase, que prácticamente se utiliza en todo el mundo para señalar el hecho de no hacer público defectos o errores en presencia de extraños, se remonta a la época de Napoleón Bonaparte y es una de las pocas que nació con la justa definición con la que se la conoce en la actualidad. La frase en cuestión fue expresada por el emperador francés, a su regreso de la isla Elba después de su primer y corto exilio. Al dirigirse a la Asamblea de Francia, en 1851, Napoleón manifestó: “¿Qué es un trono? Un pedazo de madera brillante cubierto con terciopelo. Yo soy el Estado y sólo yo represento al pueblo. Incluso si me hubiese equivocado, no debieron ustedes reprocharme en público, porque la ropa sucia se lava en casa. Francia me necesita a mí más de lo que yo necesito a Francia”. En esa importante declaración dejó varias cosas en claro y un dicho que permaneció inalterable con el correr del tiempo.

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