En 1820 el gobierno había prohibido las casas de juego, pero los jugadores, igualmente, despuntaban el vicio en las casas o garitos clandestinos. El azar no estaba destinado a una sola clase social, y era común ver desde gente de la aristocracia porteña hasta gauchos jugando. Era tal la pasión que se llegó a disputar, con el juego, una gobernación. Fue en 1827, cuando Manuel Rodríguez y el coronel Marcos Figueroa se jugaron al billar la gobernación de la provincia de Catamarca. Además de Buenos Aires, en otros pequeños centros urbanos, donde no había diversión ni espectáculos, se jugaba por distracción. La afición llegaba a las milicias que peleaban por nuestra Independencia, tanto como, posteriormente, a las que protagonizaron las diferentes guerras internas, quienes, en momentos de descanso, apuntaban a los juegos de apuestas. Todo servía: desde los naipes al cara o cruz con una moneda. Varios decretos, de diferentes gobiernos, fueron prohibiendo en juego en el Río de la Plata. En 1852 fue Urquiza y en 1894 el Código Rural para los Territorios Nacionales. Pero el resultado era siempre el mismo: la población se inclinaba por el juego clandestino. En 1902, vía la Ley 4097, los juegos de azar fueron penados y perseguidos. El autor de la misma fue el diputado Rufino Vareta Ortiz quien debió enfrentarse nada menos que a Carlos Pellegrini, quien, durante el debate, aseguró que “el juego no es, como se ha dicho, un síntoma de corrupción o degeneración sino, por el contrario, un síntoma de riqueza y abundancia”.

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