Al estallar la Primera Guerra Mundial, era presidente de Argentina Roque Sáenz Peña, quien proclamó la neutralidad de nuestro país. Al sucederlo -dos años después- Hipólito Yrigoyen, continuó esa política y la sostuvo con mayor rigor. Eran tiempos en que muchos miembros de la alta sociedad argentina, artistas y escritores, acostumbraban pasar largas temporadas recorriendo Europa. La guerra los sorprendió allí sin que muchos se arriesgaran a cruzar nuevamente el Atlántico. Ante cualquier dificultad que se les presentaba con las autoridades de los bandos en pugna, esos “anclados” forzosos, exhibían el pasaporte acompañado de la frase “Yo, argentino”. La expresión fue motivo de chistes y monólogos en nuestros teatros de revistas. Cuando alguien no quiere verse en una situación capaz de comprometerlo asegura: “Yo, argentino”, como declaración de prescindencia.