Más allá de las lecturas políticamente correctas de Messi planteando que "Argentina no es candidato" y que las expectativas pasan por clasificar "entre los cuatro primeros", el objetivo real de la Selección continúa siendo levantar la Copa del Mundo en Rusia 2018. El rol del jugador más desequilibrante del mundo. Su liderazgo ausente, expresado también cuando Higuaín anunció la decisión de no viajar a Israel. El condimento ineludible de las presiones.

En la inminencia del debut mundialista de Argentina ante Islandia, este sábado en Moscú, no se puede ocultar que la Selección tiene un objetivo central: salir campeón del mundo. A pesar de que Messi hace unos días haya declarado que Argentina “no es candidato” y que hacer un buen Mundial “sería entrar entre los cuatro primeros”.

Podría leerse que está bien que Messi no ubique a la Argentina como el gran candidato. Porque por otra parte, a esta altura, seguramente no lo es. Los principales candidatos son Alemania, España y Brasil. Esto indican los libros no escritos, que no son otra cosa que los pronósticos y las especulaciones más o menos valiosas, según la entidad y estatura intelectual de cada declarante.

Lo evidente es que Messi no expresa lo que siente. Argentina no jugará el Mundial para hacer un buen papel, como señalan las interpretaciones políticamente correctas. Desde aquella conquista lejana en 1978, la Selección nunca más fue a un Mundial a ver qué pasaba. Fue directamente a ganarlo con las conducciones de Menotti, Bilardo, Basile, Passarella, Bielsa, Pekerman, Maradona, Sabella y ahora Sampaoli.

La expectativa de Argentina camina en esa dirección desde hace cuatro décadas. Como, por ejemplo, siempre lo hizo Brasil. ¿O alguien puede imaginar que Brasil juega un Mundial con el propósito de cumplir un buen desempeño sin aspirar a dar una vuelta olímpica? Cada cuatro años, con mayores o menores recursos individuales, Brasil se prepara para llegar a la final de una Copa del Mundo y ganarla. Porque eso es lo que exige su historia. Y eso es lo que se le pide con absoluta naturalidad desde los medios y desde las tribunas públicas que involucran a los hinchas más radicales o más light.

Casi la misma naturalidad que se denuncia en la Argentina cuando la Selección está en el horizonte. No hay lugar para cultivar la teoría de la resignación o para ejecutar planteos muy conformistas. Y menos aún si en el plantel está Messi, claramente el jugador más desequilibrante del mundo. Más que Cristiano Ronaldo, más que Neymar, más que cualquiera. Sin él, Argentina también asume el rol de potencia. Con él, mucho más.

Claro que afirmar que en Messi se agotan las posibilidades de la Selección es otorgarle la suma de todas las virtudes. Y Messi, mal que les pese a muchos de aquí y de otras geografías, no tiene todas las cartas del mazo. Hay una baraja importante que no tiene y que nunca tuvo: no es líder. Una vez más lo demostró cuando tuvo que salir a hablar Pipa Higuaín manifestando que se había decidido no jugar ante Israel en Jerusalén. Como capitán, Messi prefirió dar un paso al costado y no ejercer esa responsabilidad. Y fue Higuaín el que le puso algunas palabras a un pensamiento incorporado por el plantel y por el cuerpo técnico.

Esta reconocida ausencia de liderazgo de Messi no le baja el precio a su presencia de jugador extraordinario, pero es un factor que no se puede subestimar y que vale tener en cuenta en situaciones complejas o adversas. Precisa Messi la contención emotiva del resto de sus compañeros. El, por su parte, no contiene a los demás. Como lo hicieron Passarella, Maradona, Pelé y Cruyff con sus respectivas selecciones, en otras circunstancias y en otros contextos.

Con el foco del voluntarismo pueden amontonarse las demandas para la Selección. Los jugadores y el entrenador, más bien que no las desconocen. Si esto podría definirse como presión, entonces van a estar presionados. Nada que en realidad no sepan. El fútbol de todos los tiempos siempre estuvo sujeto a las presiones casi como un condimento ineludible de las grandes competencias.

Estará en el lugar que quiso estar la Selección. En los escenarios de Rusia 2018. Lo único que se espera es que nadie se guarde nada. Como sostenía Passarella: “Mi orgullo como jugador es que siempre dejé todo”.

Ese orgullo intransferible que invocó Passarella también es un combustible imprescindible para salir campeón del mundo.

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