La excusa periodística era perfecta: palometas destrozando falanges, rayas perforando piernas y tarariras arrojando dentelladas a imprevistos bañistas. Un cóctel de gran impacto, tomando datos de aquí y de allá, para que en diversos medios terminasen demonizando a especies de río fundamentales en el ecosistema de la cuenca parano-platense y cuya proliferación o estados alterados sólo tienen un responsable: el hombre. Precisamente el único que no sólo no se hecha culpas sino que se victimiza ante estos hechos.
Nadie niega el dolor de la víctima de una mordedura o un pinchazo de raya. Como pescadores, hemos sentido ambos en carne propia. Lo cierto es que no son casos frecuentes, aunque tampoco raros, y respondieron a situaciones muy específicas: una intensa ola de calor casi sin precedentes que aceleró el metabolismo de los peces, y la intromisión de bañistas en el ámbito de estos seres (y no a la inversa).
Las palometas han proliferado en exceso a falta de predadores naturales (el yacaré, que come 50 palometas por día en estado adulto, y el dorado, que preda sobre las poblaciones juveniles). La semana de los ataques el agua del Paraná en Rosario casi llega a los 30 grados, algo verdaderamente inusual. El agua del Paraná, siempre oxigenada y correntosa, era un caldo tibio que invitó a los cardúmenes a dejar las lagunas interiores buscando alimento en aguas abiertas, acaso motivadas por desechos de los pescadores comerciales en el Remanso Valerio, a metros del puente Rosario Victoria.
Lo cierto es que se recomienda no meterse al agua ante un ataque... Es insólito que se den 30 o 40 ataques y la gente siga en el agua. Similar a lo que ocurrió, a menor escala, en Vicente López. Y en el caso de las rayas, vadear siempre con botas, y tantear con una vara larga tocando el fondo, la zona por donde vamos a pasar luego.
Las tarariras, por su parte, siempre tienden a ocultarse en vegetación acuática o huecos de barrancas que le sirven de refugio y camouflage. Rara vez se dejan ver al descubierto en aguas abiertas en la cuenca parano platense, donde podrían ser presas, por ejemplo, de palometas o dorados. Territorial al defender su nido, es capaz de no moverse aunque le pasemos muy cerca, tal como sabemos los pescadores que la vemos fugar cuando vadeamos una laguna u orilla de río.
Tal vez, los ataques se habrán producido como defensa ante la intromisión humana en sus nidadas. Acaso un infortunio menor que demoniza a una especie a la que el hombre presiona notablemente para consumo, aun en la Provincia de Buenos Aires, donde la helada y nevada del 9 de julio de 2007 dejó casi sin ejemplares a todos los espejos bonaerenses. Y por suerte, se prohibió su exportación, aunque las redes las siguen matando por todo el Paraná, con ejemplos tristes como San Pedro o Gualeguay, pesqueros tarucheros por excelencia donde los malloneros hacen estragos al amparo de las autoridades.
Por último, las rayas, que en Paraná medio y alto pueden pasar los 100 kilos y aguas abajo llegar a 8-10 kg, cazan en aguas bajas, con la estrategia de camouflarse echándose arena encima. También se quedan inmóviles, esperando el paso de una presa. Lamentablemente, el creciente número de pescadores o bañistas internándose en sus zonas de caza, produce infortunados encuentros donde el animal que solo se defiende un pisotón termina siendo condenado como "pez asesino". Ciertamente, debe evitarse el vadeo en zonas de rayas, dado que su púa, más corta que las de sus parientas marinas, tienen bacterias que necrosan la piel, produciendo un inmenso dolor y haciendo que la cicatrización sea más lenta.
El consejo para todo pescador que se dedique a esta actividad es que siempre tenga dada la vacuna antitetánica, incorpore un botiquín como parte del equipo de pesca y que ante un accidente con estos peces, acuda a un centro asistencial de inmediato y no busque soluciones caseras. Sólo aplique paños fríos en las heridas, presionando para evitar pérdida de sangre, mientras busca asistencia médica.
Por lo demás, tratemos de entender que los cambios climáticos que produce el hombre alteran el comportamiento de la ictiofauna ante estas situaciones extremas. Por ello, no hablamos de ángeles ni demonios, sólo peces que hacen lo que pueden por sobrevivir a su depredador más temible y eficaz: el ser humano.